Casa Alfonso era centro neurálgico de la floreciente industria textil catalana

Venir aquí, cuando se pasaba hambre, y ver aquellos jamones era como entrar en el paraíso

CMGroup – Jordi Vilagut. Barcelona

Nadie puede negar la solera de Casa Alfonso. Pero tampoco a estos cinco caballeros se les puede cuestionar su veteranía; como tampoco puede negárseles su antigüedad como clientes, pues prácticamente todos son clientes cincuentenarios de este establecimiento.

A su condición de fieles parroquianos del célebre local de Roger de Llúria otro punto en común que les une es su vínculo profesional con el sector textil. No es casualidad, pues tal y como ellos revelan en el transcurso de un distendido desayuno en Casa Alfonso este establecimiento era un punto de encuentro ineludible para esta industria. Alguno de ellos no duda en comparar el octogenario negocio con la Bolsa, pues si alguien deseaba conocer el precio al por mayor del algodón no podía eludir su paso por este concurrido restaurante.

El más puntual de nuestros excepcionales comensales es Cándido Palau, tercera generación de una empresa vallesana orientada a la recuperación de materias textiles; una compañía fundada por su abuelo apenas cuatro años antes que Alfonso García decidiera abrir Casa Alfonso. «Aunque ahora parece que el reciclaje es una actividad recién inventada, nosotros venimos recuperando material textil desde hace décadas», comenta este veterano industrial, satisfecho no solo de haber dejado la firma en buenas manos, sino de haber transmitido el amor por la empresa familiar a las futuras generaciones: «Tengo cinco hijos, y el primogénito ha asumido la dirección general de la compañía. Además, una de sus hijas (tengo once nietos), también trabaja en ella y se perfila como hipotético futuro relevo», relata este industrial que contaba dos años cuando en Roger de Llúria el primero de los Alfonso decidió abrir una charcutería.

Cándido descubrió Casa Alfonso gracias a Guillem Chavarría; probablemente el cliente más longevo del restaurante. Ambos han adoptado la tradición de compartir desayuno cada viernes en este local en el que Chavarría aterrizó por primera vez coincidiendo con su entrada en el mundo laboral. «Fue en 1942. Entonces trabajaba en la Via Laietana, en la Llotja, para una empresa que se dedicaba al sector de los cereales –afirma este barcelonés de 92 años que, a partir de la segunda mitad del siglo XX también trabajaría en la recuperación del textil como Palau-. Al acabar la jornada laboral, mi jefe, Josep Roig, que vivía en Santa Coloma de Gramenet, me traía a Casa Alfonso. Venir aquí, en aquella época en que se pasaba hambre, y ver aquellos jamones colgando era como entrar en el paraíso. Y a mí, obviamente, venir aquí me iba muy bien».

«Todavía iba en pantalón corto
cuando vine a Casa Alfonso por primera vez»

Armando Lerís, industrial textil y nacido el mismo año en que Guillem se estrenó en Casa Alfonso, corrobora la importancia de los jamones en la ambientación del establecimiento: «Aquellos jamones impactaban, sin duda. La imagen clásica de Casa Alfonso está asociada al jamón –señala este empresario que históricamente trabajaba como corredor de hilados y que, a sus 74 años, se mantiene en activo como distribuidor textil-. Yo todavía iba en pantalón corto en las primeras ocasiones en las que vine con mi padre, que era corredor de hilados y que venía asiduamente. Tengo vivo el recuerdo de don Alfonso García Hernández circulando por el establecimiento y atendiendo a la clientela, mientras mi padre me iba informando de quién era cada uno de los que había por aquí: que si éste es un corredor de flocados de algodón, aquél es el director de tal empresa…».

Su cuñado, Carles Casulleras, no es solo el más joven de nuestros invitados sino también el único que no alcanza la condición de cliente cincuentenario. «Aunque apenas deben faltar un par de años…», manifiesta este comensal que es cuñado de Lerís y que en esas mismas fechas en las que descubrió el restaurante es cuando empezó a trabajar con él. Si bien coincide en resaltar que «el jamón es la referencia de Casa Alfonso», lamenta que «en estos últimos años hayan retirado las “galtes” de cerdo. Alfonso empezó por denominarlas “mejillas”, para, poco después, eliminarlas directamente de la carta muy a mi pesar».

No debió ser una decisión a la ligera, toda vez que Carles y Armando acuden prácticamente a diario a almorzar al establecimiento; hasta el punto que los camareros les han pedido que «si no tenemos que venir, les avisemos, pues nos tienen la mesa reservada por defecto», relatan estos cuñados que, en su día, también mantuvieron vínculos comerciales con el quinto de los comensales, Paco Corbella. Con cinco años más que Carles, 73, Paco afirma «haber llegado a conocer al fundador de Casa Alfonso. Aunque, para mí, la imagen con la que asocio este establecimiento es la de su hijo, Alfonso García Hernández, junto a su mujer y las “tietes”».    

También Lerís confiesa haber conocido al primero de los Alfonsos, en una época «en la que resultaba totalmente normal que por aquí circulara gente con rollos bajo el brazo de color azul con los que se envolvía el algodón». En este punto interviene Guillem Chavarría, el decano de los comensales, para advertir que, «en uno de los cuadros que Sazatornil pintó con betún para Casa Alfonso, el que está colgado en la sala anterior, puede verse representado uno de esos corredores».

«En una pizarra de detrás de la barra
se anotaba el precio del algodón»

El apunte provoca que algunos de los presentes en la mesa se levanten para acudir a la antesala a satisfacer la curiosidad y corroboren el detalle observado por el más veterano cliente del restaurante. «Hay que tener en cuenta que Casa Alfonso era centro neurálgico de la floreciente industria textil catalana –prosigue Armando-. Por aquí transitaban los principales empresarios del sector (Jové Viladomiu, Llaudet, Montalt…) y se cerraban importantes transacciones. Se hacía negocio y se intercambiaba información sobre la evolución del mercado textil, hasta el punto que, detrás de la barra, había una pizarra en la que un corredor de flocados anotaba con tiza el precio del algodón en centavos de dólar por libro. Como si fuera la Bolsa…».

Lerís calcula que de eso hará unos 65 años; es decir, en la entrada en la segunda mitad del siglo pasado. «Entonces la industria de la hilatura era muy potente –continúa este industrial-. Podías ir desde Pau Clarís hasta el paseo Sant Joan por las calles Casp o Ausiàs March y todos los locales eran negocios textiles. Y por todas partes ibas saludando continuamente a profesionales del sector».

«Pero en esa época no había cocina; solo bocadillos y tapas», recuerda Guillem. «Cierto –corrobora Carles-. Y hubo una época en la que el padre del actual gerente estaba un tanto preocupado porque no acababan de encontrar un proveedor que les proporcionara un pan óptimo. Y don Alfonso que iba buscando aquí y allá y siempre venía a la mesa preguntándonos qué tal encontrábamos el pan…». «No es un tema menor, pues un buen jamón reclama un buen pan», apunta Cándido, quien destaca la excelencia del bacalao que se sirve en Casa Alfonso.

«¡Y qué decir de las croquetas!», se suma Paco a los elogios para la cocina del restaurante barcelonés. «A mí me encantan las alcachofitas fritas», se sincera Chavarría, levantando los aplausos de Armando, quien manifiesta que «las alcachofitas no fallan nunca en cualquier celebración». Al respecto, nos revela que el año pasado eligieron este establecimiento para celebrar sus Bodas de Oro, una fiesta a la que acudieron treinta y cinco personas «y que consiguió vencer las reticencias de Alfonso de abrir en domingo», recuerda Corbella, quien también eleva a sublime «la brocheta de rape con verduras». «Tanto la brocheta como el cabrito al ajillo son platos deliciosos y que, a excepción del lunes, nos los sirven a diario», informa el asiduo Casulleras.

«Un profesional del sector textil
siempre pedía “riñones al ajedrez»

Ya en plena vorágine gastronómica, Paco dedica merecidos elogios a «los callos, que aquí los hacen deliciosos. Por no hablar de la tortilla del abuelo, que se la inventó el segundo de los Alfonso y que consiste en una tortilla con butifarra blanca y butifarra negra». Mientras todavía se relame por los comentarios de su amigo Corbella, Lerís decide poner sobre la mesa otra de las delicatesen degustadas en Casa Alfonso: «¿Qué me decís del Secreto ibérico? Eso sí es una delicia». Un apunte culinario que aprovecha para deslizar una divertida anécdota: «Había un profesional del sector textil que siempre pedía “riñones al ajedrez”. El hombre creía que realmente se llamaban así…».

El comentario desata el humor en la mesa, donde Guillem señala que, entre los primeros platos que salieron de la cocina de Casa Alfonso se hallaban «las lentejas estofadas, el “trinxat” de la Cerdanya y el salteado de verduras». «Sí –certifica Armando-. Incorporaron un horno brasa Josper con el que empezaron a conquistar los estómagos. Era muy común que, a media mañana, a modo de “break”, aquí concurrieran corredores de algodón e hilados para cerrar tratos. En esa época tampoco había muchas alternativas».

«De acuerdo que en ese tiempo tal vez no había muchas otras opciones –admite su cuñado, Carles-. Pero sabes bien que alguna vez hemos querido variar y hemos acabado volviendo aquí…». «La calidad es una de las razones por las que decides volver –asiente Cándido Palau, a quien no le da pereza alguna desplazarse cada viernes desde Granollers para desayunar en el local junto a Guillem-. Aquí sabes que el jamón que te ponen en el bocadillo es auténtico». «La calidad es la base –acepta Lerís-. Pero la fidelidad de Casa Alfonso en cierto modo es un misterio. Creo que es un local que tiene duende; y, sin duda, un local con mucha historia, como lo evidencian las numerosas fotografías colgadas en sus paredes con personajes de gran popularidad. Es un establecimiento que reúne una serie de intangibles: es un lugar muy acogedor, que a lo largo de los años ha sabido mantener ese estilo “vintage”, la decoración, la madera…». «Y la continuidad del personal es muy importante, porque durante años nos han venido sirviendo los mismos camareros, que ya son un clásico», hace notar Chavarría.

«Para mí, Alfonso era como un hermano»

«El nieto del fundador ha sabido darle un aire más moderno, pero manteniendo el encanto de lo auténtico –añade Paco Corbella-. Y ha conseguido dotar al local de mayor proyección». «Sí: la prueba es que cada vez acuden más extranjeros –ratifica Carles-. Algunos de nuestros clientes, cuando vienen a vernos, ya esperan que les traigamos aquí. Creo que para ellos es un aliciente más para visitarnos…». «Sin duda alguna, Alfonso García Muñiz ha sabido darle un cambio, con una gestión más profesional del negocio», reconoce Guillem, quien recuerda la amistad que le unía al padre del actual gerente: «Para mí era como un hermano. Nos habíamos ayudado mucho, mutuamente. Con nuestras respectivas parejas, íbamos a bailar a la sala Apolo, o al Emporium. Y, hasta 1993, también venían al entoldado de la Fiesta Mayor de El Port de la Selva, donde teníamos un apartamento».

«Era un hombre muy alegre y extrovertido», recuerda Palau. «Y de una gran elegancia –aduce Paco-; tanto en el trato como en el vestir: siempre con su traje, su camisa, su corbata…». «Su padre, el fundador de Casa Alfonso, era muy simpático; pero serio, riguroso y recto a la hora de atender el local y la clientela», manifiesta el decano de los parroquianos, quien recuerda que, poco después de haber pisado por primera vez el establecimiento, «tuve que acudir a cumplir el servicio militar. A continuación, me casé y me trasladé a vivir a Madrid, porque por aquel entonces trabajaba para una concesionaria del Estado que producía semillas. Tan pronto como volví a Barcelona, vine de inmediato a Casa Alfonso…». Al regresar, el negocio ya estaba en manos de la segunda generación.

A Corbella no se le olvida tampoco que, «en los últimos años, cuando el restaurante ya lo regía su hijo, Alfonso García Hernández no podía evitar estar pendiente de todo. Si hacía falta mover una mesa para que unos comensales estuvieran más cómodos, llamaba la atención de los camareros para que lo arreglaran. Se preocupaba que todo el mundo estuviera a gusto. No había nada ni nadie que le pasara desapercibido…», confiesa Paco, quien conserva vivo en la memoria el recuerdo de una extraordinaria celebración: «Fue el día en que falleció. Con todo el sentido del respeto, nos reunimos aquí en el restaurante con la familia; porque es lo que él quería: que su traspaso no fuera una pena. Y fue una celebración póstuma preciosa».

Los participantes en este desayuno de Casa Alfonso coinciden en señalar que son más asiduos a acudir por la mañana que por la noche. «Si no tienes reserva, es difícil que encuentres mesa para cenar», subraya Cándido. «La única opción es venir en el primer turno –declara Lerís-, porque, en caso contrario, coincides con mucha gente que va al teatro o al cine». «Incluidos los propios actores –interviene su cuñado Carles-, pues en este local concurren muchos personajes famosos, como Rafael Amargo, a quien Alfonso incluso creo que le alquilaba un piso, o Jacobo Fitz-James Stuart, el hijo de la duquesa de Alba». «Constantino Romero era otro de los visitantes frecuentes», recuerda Palau, mientras que Paco alude a «unos misteriosos personajes que, hace una veintena de años, se colocaban a la entrada del local, con una botella de Tío Pepe o de Moriles. Creo que eran unos abogados jubilados, que a lo largo de meses y meses vaciarían unas cuantas botellas. Más tarde eran dos. Y, al final, solo uno…».

Chavarría, antes de poner fin a la cita, hace gala una vez más de su extraordinaria memoria y revela que «una práctica muy común en la sala eran los dados. A media mañana había algunos profesionales que venían a Casa Alfonso a tomarse un descanso y jugaban a los dados». Una actividad en la que participó en alguna ocasión. Entre ellas, un 23 de febrero: el del 1981. «Estábamos jugando cuando se produjo el intento de golpe de Estado de Tejero. De inmediato, abandonamos el juego y nos marchamos a toda prisa». Un capítulo anecdótico en una larga historia labrada a través de cientos y cientos de clientes. Entre ellos, Armando, Cándido, Carles, Guillem y Paco: los fieles y cincuentenarios parroquianos de Casa Alfonso.