Entrevista a Sor Lucía Caram, activista social comprometida con los más desfavorecidos y directora de la Fundación del Convento de Santa Clara www.fundaciodelconventdesantaclara.org

Entrevista a Sor Lucía Caram, activista social comprometida con los más desfavorecidos y directora de la Fundación del Convento de Santa Clara www.fundaciodelconventdesantaclara.org

“Mi padre aseguraba
que no duraría ni ocho días en el convento”

Me encanta cocinar, pero ahora
solo puedo dedicarme a ello los fines de semana

CMGroup – Jordi Vilagut. Barcelona

Una personalidad magnética cuya conversación cautiva desde la primera palabra. Como buena argentina de origen, basta con una pregunta para que Sor Lucía Caram nos deleite con una larga y detallada explicación acerca de sus años de infancia, adolescencia y juventud. Su relato desprende la misma humanidad que ha presidido su larga trayectoria siempre al lado de los más desfavorecidos.

La religiosa ha acudido a Casa Alfonso para compartir mantel con su tradicional hábito. Catalana de adopción, se decanta por el pan con tomate y el exquisito jamón del restaurante de Roger de Llúria para el desayuno, si bien su locuacidad apenas le permite probar bocado. Si bien de pequeña aspiraba a seguir los pasos de su padre en Medicina, adquirió bien pronto el compromiso de ayudar a los más desfavorecidos de la sociedad. Para encauzar esas aspiraciones, escogió la vía de la Iglesia, a un sector de la cual le genera cierta incomodidad en ocasiones. «Ahí puedo actuar con plena libertad y de ella no me van a echar…», confiesa con determinación y buen humor.

-¿Cómo transcurrió la infancia de Sor Lucía?

-Soy la quinta de siete hermanos, separados entre sí entre trece y catorce meses, por lo que nuestra casa era lo más parecido a una casa de colonias. Tengo un extraordinario recuerdo de aquella época, que forjó una familia muy unida. Fue una infancia muy feliz a pesar de vivir en un entorno de angustia, pues coincidió con el golpe de Estado y la instauración de la dictadura militar en Argentina. Fue una etapa marcada por la inestabilidad y la violencia; en la que a pesar de la buena armonía familiar no podíamos sustraernos a la angustia que nos generaba el escuchar cómo estallaban bombas por la noche, o encontrarnos armas abandonadas mientras jugábamos en la calle, cuando no cadáveres… O la inquietud de tener que quedarnos en la escuela por no poder volver a casa. Era una situación muy compleja, porque también recuerdo que mis padres participaban en un grupo de inspiración cristiana en el que concurrían personas que fallecieron a consecuencia de la represión militar pero que, a su vez, contaba con otros miembros que eran afines al Ejército. Aquel episodio generó una sociedad muy fragmentada. Aunque no se podía ocultar el sufrimiento, la fe cristiana nos ayudaba a superar esa situación.

-¿Hubo algún momento decisivo en su vida que le condujera a adquirir su compromiso con la Iglesia?

-Debo decir que yo nací en el seno de una familia privilegiada, al margen de la inspiración cristiana de mis padres. Vivíamos en una casa muy amplia, de ochenta metros de fondo y cuarenta de ancho, con un jardín enorme. Pero justo al otro lado del río emergía una realidad muy distinta: familias muy desfavorecidas, con cuyos hijos no teníamos reparo alguno en jugar. Pero yo me preguntaba cómo era posible que existieran esas diferencias en tan poco terreno. Ahí empecé a adquirir cierta conciencia social.

-¿A qué se dedicaban sus padres?

-Mi padre era médico; cirujano y de medicina general; también jefe del servicio de ginecología de la red pública de sanidad. Mi madre era profesora de inglés y asistía a mi padre como instrumentista. Podía permitirse estar al cuidado de los hijos y desarrollar esas labores profesionales porque disponíamos de apoyo en casa. En la mayoría de los casos se trataba de personas que mi padre había conocido en el hospital y, al descubrir que no tenían recursos, les abría las puertas de casa y les conseguía un contrato de trabajo para propiciarles, así, unas mejores condiciones de vida.

-Sospecho que a usted ese ejemplo consiguió alimentarle mayor deseo de comprometerse con los más desfavorecidos.

-Entiendo que sí. En cualquier caso, de pequeña yo quería estudiar Medicina y seguir los pasos de mi padre. Y, también influenciada por el entorno familiar y por tener un gran número de hermanos, casarme y tener muchos hijos. Sin embargo, la experiencia de mi padre me llevó a sensibilizarme cada vez más por los problemas de los desfavorecidos. Mi padre tenía una consulta con dos puertas: una por la que entraban los pacientes convencionales y otra en la que atendía a religiosos y a personas con pocos recursos. Mi padre, que entonces era un doctor que atesoraba gran prestigio, daba prioridad a los pobres. Y aquello hizo abrirme los ojos. Al mismo tiempo, en mi juventud empecé a impartir catequesis, en verano, para preparar la Primera Comunión de algunas familias más desfavorecidas. Aquella experiencia, en absoluto dogmática, me permitió acercarme a los pobres y generar un vínculo muy especial con aquellas personas que no habían nacido con tanta suerte en la vida.

“Fui, según mi padre, «expropiada para utilidad pública»”

-¿Qué edad tenía entonces?

-Diecisiete años. Había empezado a estudiar Medicina y, como decía mi padre, quise convertirme en “expropiada para utilidad pública”.

-Veo que su padre asumió con buen humor su decisión.

-No crea: no le resultó fácil encajarlo. Mis padres creían en un proyecto de vida cristiano distinto al mío. Yo entendí que seguir los pasos de Jesús significaba ponerse al servicio de los pobres. Recuerdo que, siendo niña, mi padre acostumbraba a llevarme sobre los hombros. Dado que era un hombre de considerable estatura, aquello me proporcionaba una perspectiva considerable. Y aquella decisión que adopté supuso metafóricamente la caída de sus hombros, pues propició una ruptura que me permitió ver más allá con mis propios ojos.

Al octavo día les dije «papá, mamá: prueba superada»

-Confío que más pronto que tarde hubiera una reconciliación con su padre.

-Sí, pero le costó entenderlo. Ingresé en el convento a los dieciocho años. Durante un par de meses apenas nos vimos, pues yo salía de cada a las cinco de la mañana cuando él todavía no había despertado y volvía cuando ya se había acostado. Él decía que, por mi carácter rebelde, no iba a durar ni ocho días en el convento. Al octavo día les dije “papá, mamá: prueba superada”.

-¿Dónde empezó?

-En mi tierra, en Tucumán, para después trasladarme a Buenos Aires. Mis padres pensaban que mi vida en el convento sería tranquila y sosegada pero pronto se dieron cuenta que mi compromiso social me convertiría en una activista. Así, poco después de emigrar a la capital, participé en la Marcha Blanca, una protesta de docentes que reclamaban una remuneración digna. En seguida me descubrieron, en medio de todos aquellos profesionales que se manifestaban con su bata blanca, y yo emergiendo con mi hábito en medio de la masa. No entendían mi militancia y, sobre todo, mi compromiso sociopolítico. Eran años todavía turbulentos, en los que recuerdo que los hijos de algunos amigos de nuestro entorno que habían desaparecido resultaban sospechosos para el sistema por el simple hecho de ser descendientes de opositores.

“Me espetó:
«O callas, o te llenaremos la cabeza de plomo»”

-¿Nunca sintió miedo, usted?

-Solo he sentido miedo una vez, y fue ya en Cataluña, poco antes del referéndum del 9 de noviembre. Yo había acudido al almacén de alimentos de la Fundación, en Manresa, y salía del aparcamiento de la carretera de Vic cuando se me acercó un joven enormemente alto que me dijo: «O callas, o te llenaremos la cabeza de plomo». Aquel energúmeno consiguió generarme un miedo paralizante.

-Puedo entenderlo. ¿Cómo llegó a Cataluña?

-De Argentina me trasladé a Valencia, donde permanecí cinco años en un convento de clausura; una etapa de silencio y de búsqueda interior. Yo, que ya en mis inicios consideraba que las monjas no teníamos que rezar tanto sino volcarnos en la ayuda a la sociedad, alimenté en esa época aún más ese compromiso social. Si había decidido comprometerme con la Iglesia y renunciar a tener mi propia familia había sido porque la Iglesia argentina se caracterizaba por estar al lado de los pobres, por lo que este compromiso solo tenía sentido con el componente social. Esto me llevó a solicitar el traslado a Manresa, pues tenía conocimiento que el convento del Bages era más abierto.

-Estamos hablando de la orden de las dominicas contemplativas.

-Así es. La federación incluye comunidades en Cataluña, Valencia, Aragón, Argentina y Chile. Y la Federal, que pertenecía a la comunidad argentina, bastante conservadora, me dijo que podía ir donde quisiera excepto a Cataluña, «que son muy suyos». Yo no me rendí y decidí escribir al General, quien accedió a la solicitud. El próximo mes de junio se cumplirán 25 años desde que ingresé en el convento de Santa Clara de Manresa.

“Más que pedir a Dios, le pido a «todo Dios»”

-Para una persona tan activa como usted, sospecho que la etapa de Valencia…

-Fueron cinco años muy duros, cierto, porque yo venía de una actividad frenética y ahí todo estaba muy estructurado. Valoraba, y sigo valorando, la dimensión del silencio y la plegaria, pero soy una persona que necesito poner en práctica de manera activa lo que propugna el Evangelio. El claustro no es el único espacio donde hacer vida contemplativa, pues conviene contemplar el Mundo; o especialmente escuchar a la gente que acude a nosotras buscando amparo. La vida me ha llevado a que, más que pedir a Dios, le pido a “todo Dios”. Como decía Juan XXIII, “Dios no tiene manos porque tiene todas las nuestras…”. Insisto que no concibo la fe sin compromiso. La decisión de ingresar en un convento de clausura fue voluntaria. En ocasiones nos ponemos a prueba con experiencias que nos resultan enriquecedoras, sobre todo de cara al futuro. Y esa etapa a mí me sirvió para darme cuenta que gozo de una enorme libertad. Fíjese que, durante un tiempo, estuve colaborando de manera regular en el programa de Jesús Cintora, en Cuatro. Tanto Mariano Rajoy como Pedro Sánchez presionaron para que prescindieran de mi presencia en el espacio. Finalmente, a Cintora acabaron expulsándole. Ante esa decisión, decidí abandonar el programa, pero había otros compañeros suyos que no podían solidarizarse con él porque tras ellos tenían una familia, una hipoteca… Sus vidas estaban condicionadas y no tenían otra opción que seguir trabajando en esa cadena, como ocurre con tantos profesionales que no les queda más remedio que acudir cada día a su empresa a cambio de un salario indigno porque no tienen alternativa. A mí no me pueden expulsar de la Iglesia y de mis convicciones. Y tengo la libertad de no implicarme con determinadas cadenas si no se respeta a la gente. De modo que decidí no acudir más a Mediaset, salvo para colaborar con el Padre Ángel en “Los comprometidos con la infancia”.

-Usted llegó a tener un programa culinario en televisión.

-Sí, en Canal Cocina. Me “enredaron” un poco, pues querían hacer un programa de cocina monástica y se encontraron que el resto de monjas de clausura finalmente declinaron la invitación de participar cuando ya estaba todo comprometido. De ahí que me propusieran asumir a mí más de una treintena de programas. Durante una semana estuve en un polígono de Madrid, desde las 7 de la mañana y hasta las 8 de la tarde grabando unos programas que, posteriormente, trasladaron a América Latina.

-¿Quién le enseñó a cocinar?

-Siempre me ha gustado la cocina. Creo que fue mi abuela paterna, Faride, quien alimentó mis primeros deseos entre fogones. Cuidaba mucho la cocina y se caracterizaba por la abundancia en los platos, como buena muestra de su ascendencia libanesa. Pero también aprendí mucho de María, una mujer que mi padre conoció en el hospital cuando tenía quince años y que quiso acoger en nuestro hogar porque no tenía familia. María preparaba unas exquisitas recetas criollas, como las empanadas, el asado o el locro. Mi madre también se prodigaba en la cocina, destacando en especial en la repostería. Y cuando llegué a Manresa, había en el convento dos hermanas de cierta edad de las cuales aprendí a cocinar platos propios de Cataluña.

“Mi postre estrella es el flan de leche condensada”

-Tengo entendido que sus hermanas están satisfechas con los platos que les cocina.

-Cuando esas hermanas se retiraron, asumí las tareas culinarias de la comunidad, hasta hace un par de años. Pero actualmente sigo encargándome de cocinar en el convento los fines de semana. Cuando me pongo ante los fogones, me gusta inventar. Lo más celebrado son las empanadas de Tucumán, el asado argentino, las berenjenas rellenas siguiendo la receta libanesa, calabacines rellenos como los hacía mi abuela, o el kepe. Claro que el postre estrella es el flan de leche condensada.

-¿Y cuáles son los platos favoritos de Sor Lucía cuando se sienta a la mesa?

-Me gustan especialmente el asado y la paella.

-¿Qué le gusta de Casa Alfonso?

-El jamón es el mejor que he comido nunca. Pero también me encanta el ambiente familiar que se vive entre estas paredes.

-¿Cómo conoció Casa Alfonso?

-Hará unos tres años que, al salir de la librería Claret, Alfonso me invitó a entrar. Desde entonces he venido en algunas ocasiones, aprovechando que estaba por las inmediaciones, para leer y trabajar.

-Al margen de la cocina, ¿qué otras aficiones tiene?

-Mi principal afición es trabajar y estar con la gente. También me gusta escribir, pero ahora mismo no encuentro tiempo para ello, pues voy bastante colapsada. También me gusta el fútbol, si bien no lo sigo tanto como quisiera por mis compromisos. Sobretodo, encuentro en él una forma de desconexión. Y en especial me gusta el fútbol que despliega el Barça.

-Admítalo: Y Messi. ¿A qué argentino admira más: a Messi o al Papa Francisco?

-El papa Francisco es el Messi de la Iglesia. Es un hombre auténtico, que cree en el Evangelio, que ha asumido esa opción religiosa con toda libertad y que está comprometido con los pobres. Es cierto que se enfrenta a una macroestructura tradicional que es difícil de transformar, pero sigue una línea coherente y está promoviendo un cambio profundo. En la distancia corta, prescinde de cualquier filtro, lo cual comporta que en ocasiones sus declaraciones resulten polémicas, como cuando sostiene charlas en los aviones con los periodistas. En ocasiones, su entorno le reclama que sea más prudente; como también alguna vez han procurado moderar mi discurso. “¡Cómo conseguirán que seáis más prudentes si sois argentinos…!”, exclamó un cardenal. Lo cierto es que los mensajes de las homilías del papa son más radicales. Ha levantado muchas alfombras. A él no le queda más remedio que confiar en su entorno, pero en ocasiones se da cuenta que los informes que le trasladan no se ajustan a la realidad. Ocurrió, por ejemplo, cuando viajó a Chile. Se sintió engañado por los informes que le dieron. Pero es una persona con capacidad de rectificar, como lo muestra que aceptó la renuncia de los obispos chilenos. Ahora está preocupado por la persecución laica de la Iglesia a consecuencia de los supuestos abusos a menores; sobre todo porque quienes tenían que ser los garantes de la honestidad son los que pretenden ocultar la verdad. Tiene muchos frentes abiertos y está dispuesto a afrontarlos de manera personal. Sabe que cuenta con buenos colaboradores, pero que también hay una estructura eclesiástica que dificulta la resolución de ciertos problemas. Uno de sus mejores colaboradores es el obispo de Barcelona, Juan José Omella, nombrado cardenal por el propio Papa el año pasado. Son amigos personales y comparten muchas afinidades. Monseñor Omella es muy discreto. Es el mejor obispo que podía tener Barcelona. Ha mostrado un gran compromiso social con los pobres y ha permitido a la Iglesia de Barcelona dar un importante giro, con una importante reestructuración de Cáritas y, también, propiciando el acompañamiento en la última etapa de su vida de aquellos religiosos que lo han dado todo a lo largo de su trayectoria.

“Resultaba espeluznante descubrir cuánta gente
dormía en los coches en el parking del Carrefour”

-Usted también lleva a cabo una importante labor con su Fundación del convento de Santa Clara.

-Fue en 2008 cuando, coincidiendo con el inicio de la crisis, empezamos a recibir visitas a nuestro convento de gente pidiendo comida. Detectamos las primeras víctimas de la crisis: familias que se veían obligadas a dormir en sus vehículos. Resultaba espeluznante descubrir cuánta gente había en esta situación en el parking del Carrefour… En abril de 2009 ya eran 45 las familias que atendíamos y decidimos promover una jornada solidaria. Al darnos cuenta que necesitamos dar paraguas jurídico a esta iniciativas, impulsamos la Fundación, que inicialmente llevaba el nombre de Rosa Oriol. A finales de ese año ya atendíamos a 300 familias; en la actualidad son 1.400 las que reciben nuestra ayuda. Hemos abierto asimismo un almacén de alimentos que cubre las necesidades de 4.500 familias de las comarcas del Bages, el Berguedà y el Moianès. La Fundación atiende directamente a las de la ciudad de Manresa. Construimos también un albergue para personas sin hogar, con capacidad para 19 personas. Asimismo, disponemos de 14 pisos, a los que la semana que viene se suman otros tres, y que permiten alojar a 80 personas.

-Tal vez están asumiendo ustedes la solución a una responsabilidad que correspondería a la Administración.

-A menudo me acuerdo de la frase del arzobispo brasileño Hélder Câmara, que decía: “Cuando doy comida a los pobres, me llaman santo; cuando pregunto por qué no tienen comida, me llaman comunista”… Desde mi punto de vista, la solución reside en la colaboración público-privada. La sociedad, en general, tiene capacidad de movilización para llevar a cabo determinadas iniciativas, como por ejemplo la Marató de TV3 o el Gran Recapte. Son iniciativas que consiguen una gran participación y en las que se cuenta con el apoyo de la Administración, sin cuyo concurso no sería posible el éxito que consiguen. En cierta ocasión coincidí con Albano Dante Fachín y Gerardo Pisarello, quienes también me aludieron a esa responsabilidad de la Administración. Lo cierto es que el sector público no dispone hoy mismo de recursos. Ya nos gustaría que dispusiera de ellos para poder atender a las 1.400 familias de Manresa a las que apoyamos y que, a lo sumo, reciben un subsidio de 450 euros. Y si desde el sector privado no nos ponemos manos a la obra reventaremos el sistema porque hay carencia de alimentos, trabajo y vivienda. No podemos esperar que la Administración lo resuelva todo, porque incluso en situación de bienestar hay ciudadanos que necesitan apoyo moral porque sufren soledad, enfermedades, marginación social… Y nuestra Fundación está volcándose para cubrir toda una serie de necesidades, no solo de alimentación y vivienda, sino también fomentando cursos que faciliten la reinserción laboral, o impulsando Invulnerables, programa dirigido a niños y familias que viven en un contexto de máxima vulnerabilidad y que cuenta con el apoyo de la Obra Social la Caixa, el Futbol Club Barcelona y en convenio con la Generalitat. El programa cubre distintas necesidades que abarcan desde atención odontológica, oftalmológica o escolar, implicando a los padres en las tareas de las escuelas a través de mentores que realizan un seguimiento pormenorizado para conseguir romper el círculo vicioso en el que han entrado esas familias. Hay que tener en cuenta que muchos de esos niños no conocen otro escenario que el de crisis, pues cuando llegaron al Mundo sus padres ya habían caído en una situación de miseria y no han vuelto a encontrar trabajo. ¿Me permite anunciar una iniciativa inminente entorno al programa #Invulnerables?

-Por favor…

El próximo 24 de noviembre, sábado, organizamos el Tren de la Infància, una jornada de lucha contra la pobreza infantil. Con este motivo, fletamos un tren, desde Manresa hasta la plaza Espanya de Barcelona, para concienciar a la población sobre la importancia de unir esfuerzos para combatir esa lacra que amenaza a uno de cada tres niños. Por ello, invitamos a tres acciones en ese día. El primero, tuitear un mensaje movilizador contra la pobreza infantil con el hashtag #TrendelaInfància cuando el convoy llegue a destino. El segundo, hacer retuit de todos los mensajes bajo ese hashtag. Y, tercero mencionar los perfiles @FundlaCaixaCAT y @invulneraproj, a fin de conseguir más retuits. Durante el viaje se grabará un videoclip, que incluye una coreografía. Entre los viajeros habrá varios personajes populares que han querido prestar su apoyo a esta causa, como Joan Pere, Quim Masfarrer, Xantal Llavina, Peyu, Ricard Ustrell, Mariola Dinarés, Carme Barceló, Toni Marín, Ruth Jimenez, Anna Bertràn, Justo Molinero, Carles Gilibert, Araceli Segarra, las hermanas Jaqui y Janet Capdevila, Sergi Grimau o Pere Mas. También apoyarán la iniciativa, a través de un vídeo, el Padre Ángel, el Mag Laris i la seva companya de magia, el mag Paco González, Ander Mirambel, Victor Küppers, Nuria Picas, Nandu Jubany o Xavier Graset, entre otros.

-Seguro que la iniciativa tendrá mucho éxito.

Al margen del programa Invulnerables, también hemos impulsado el Cosidor, un proyecto en el que reunimos a una veintena de mujeres para que recuperen la autoestima a partir del aprendizaje de un oficio y sean capaces de impulsar un negocio.

-Una buena manera de intentar coser la fractura de esas mujeres con la sociedad y conseguir que se reintegren a la misma. Muchas gracias Sor Lucía Caram, por sus palabras, su testimonio y, sobre todo, por su extraordinaria labor.

Nos despedimos de Sor Lucía con un sentido abrazo. El mismo sentido abrazo que dos de las clientas de Casa Alfonso le piden emocionadas antes de que esta activa hermana se despida para seguir atendiendo las necesidades de los más desfavorecidos. Tan querida, tan admirada, tan admirable…

2018-11-22T08:20:06+00:00
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