Entrevista a Màrius Serra, enigmista, novelista, lingüista y crucigramista en “La Vanguardia” desde 1990

Entrevista a Màrius Serra, enigmista, novelista, lingüista y crucigramista en “La Vanguardia” desde 1990

Màrius Serra: “Se agotará antes el petróleo que las posibilidades que albergan las palabras”

CMGroup – Jordi Vilagut. Barcelona

Un cocinero de las palabras, capaz de seleccionar vocablos, sazonarlos, pasarlos por la paella, rebozarlos y añadirles ese toque exclusivo solo al alcance… de su lengua. Así es Màrius Serra, un erudito de la lingüística que cada mañana asoma, por partida doble, en “La Vanguardia” y en Catalunya Ràdio, desafiando a los amantes de los retos con su crucigrama y su Enigmàrius respectivamente.

Como buen cocinero, goza de su particular parrilla: una cuadrícula de catorce por catorce en la que a diario se cuecen definiciones singulares a través de las cuales da rienda suelta a su particular creatividad, invitando a los lectores del centenario rotativo a activar el cerebro para cruzar adecuadamente las letras y completar un pasatiempo que, para muchos, constituye una de las principales secciones. Al igual que ocurre cada mañana cuando, desde la ducha, desde el coche o mientras nos preparamos el desayuno, escuchamos cómo, con su característica voz y entonación, Màrius nos plantea una estudiada adivinanza.

Hoy cambiamos las tornas y es Serra quien, una vez duchado, se desplaza con su coche hasta Casa Alfonso para desayunar con nosotros mientras somos nosotros quienes le planteamos desafiantes preguntas.

¿De dónde parte ese interés de Màrius Serra por las palabras?

Desde mi infancia tengo una clara conciencia que el lenguaje es la materia prima para el escritor. Ya siendo niño trazaba mis primeras pequeñas historias y disfrutaba de contemplar cómo podía utilizar esos artefactos denominados palabras para hacer que la acción discurriera de una determinada manera. Era un chico muy imaginativo, que tendía a “manipular” la realidad. Tenía una gran capacidad para inventar excusas y evitar que me riñeran si, por ejemplo, llegaba tarde. Siempre buscaba que las coartadas resultaran más graves que la realidad para intentar eludir cualquier castigo. Lo que me resultaba paradójico es que, si recurría a esa inventiva para la vida real, se enfadaban conmigo. En cambio, cuando utilizaba esos recursos en mis redacciones, todo eran elogios.

Sospecho que en la escuela destacaba más en Letras que en Ciencias.

Es cierto que destacaba en lengua, pero en general debo decir que era un buen estudiante; incluso en el sentido más repelente del término, pues mi expediente escolar es de aquellos que provocan vergüenza ajena y que me etiquetan como empollón sin paliativos. Pero curiosamente también destacaba en matemáticas.

Fuente de enigmas, también. Creo que usted y yo acudíamos a la misma biblioteca en nuestra infancia.

Mi escolaridad transcurrió en los Salesianos de Horta, pues yo vivía junto a la plaza Virrei Amat, justo encima de la zapatería que regentaban mis padres. Y en aquella plaza la Caixa nos obsequió con una biblioteca en donde descubrí, entre otras cosas, que mi nombre era Màrius. Siempre me acordaré de que fue la bibliotecaria quien, a la hora de hacerme el carnet, me enseñó cómo se escribía, y se pronunciaba, correctamente mi nombre. Ahí me fasciné con los tomos de la Espasa Calpe, devorando información e invirtiendo horas.

“Mi espíritu lector lo alimentó
el deseo de convertirme en adulto”

¿Cuáles eran por aquel entonces sus lecturas preferidas?

Paradójicamente, no leía demasiado en mi infancia. Sí que recurría a libros de aventuras como “La isla del tesoro” o a las colecciones de Los Hollister o de Los Cinco. Mi espíritu lector lo alimentó el deseo de convertirme en adulto. Al igual que me puse a fumar para hacerme el milhombres, empecé a leer libros de adulto. Así fue como leí “El lobo estepario” de Hermann Hesse. Cuando, cumplidos los treinta, acudí a su relectura me puse las manos a la cabeza…

¿Cuáles son sus autores o lecturas preferidos?

Va por etapas. Durante mi época de estudiante, cursando Filología Inglesa, Joyce me hizo caer del caballo. Pero también hubo una etapa en la que, sin saber portugués, me zampé toda la poesía de Pessoa. Ahora he redescubierto la literatura medieval y disfruto con la enorme riqueza de “Tirant lo Blanc”. Pero también he gozado muchísimo con los autores iberoamericanos como Julio Cortázar, Borges o Guillermo Cabrera Infante, con sus memorables “Tres tristes tigres” o con el francés Georges Perec.

“Estuve dos semanas haciendo campana para copiar
lo que decía la enciclopedia sobre enigmística”

¿Dónde nace su afición como crucigramista?

Diría que fue estudiando quinto o sexto de básica, cuando el profesor de inglés acudía a clase con un tablero de Scrabble, al margen de plantearnos la resolución de crucigramas en la lengua de Shakespeare. Pero hubo un momento crítico en mi vida como fue descubrir la enigmística. El detonante fue Julio Cortázar, pues en mi etapa universitaria descubrí en uno de sus cuentos un palíndromo: “Átale, demoníaco Caín, o me delata». Aquel hallazgo me fascinó y decidí acudir a la biblioteca central para investigar sobre los palíndromos. Me sumergí en enciclopedias varias, incluso la italiana sin haber estudiado italiano. Y siguiendo el hilo llego a una definición inquietante: “enigmística”. Había ahí 30 páginas referidas a este concepto que me atraparon hasta tal punto que estuve dos semanas haciendo campana para poder copiar todo lo que decía sobre enigmística. Pero claro: de la enigmística saltaba al anagrama, y después aparecía el bifronte… Y así, poco a poco adquirí conciencia que todo aquello que tanto conseguía fascinarme tenía nombre y tradición. Claro está que los enigmas y los crucigramas tienen mucha relación, y yo había hecho mis pinitos en mi adolescencia, mirando de cuadrar parrillas siguiendo el ejemplo que veía en los periódicos.

Poco debía imaginar que usted acabaría planteándolos en La Vanguardia.

Hubo una etapa previa, a mediados de los 80, cuando junto a tres socios decidimos crear “Més…”, una revista mensual de crucigramas cuyo primer número fue todo un éxito, pues vendimos 800 ejemplares en el día de lanzamiento, la Diada de Sant Jordi, a razón de cien pesetas. Aquello nos animó y para la segunda edición encargamos 5.000 copias; una osadía que en futuros meses tuvimos que ir reduciendo. Aquella aventura duró doce meses y se habría podido estabilizar, pero nos faltaba vocación empresarial. En cualquier caso, aquello fue un magnífico aprendizaje que nos llevó a una nueva etapa profesional, como fue la de crear una compañía de servicios y postularnos como colaboradores para distintas labores, como por ejemplo entrevistas culturales. Y una cosa lleva a la otra, porque además de entrevistar a Josep Maria Espinàs, también entrevistamos a Tísner, quien a la postre se convertiría en mi valedor cuando decidiría poner punto y final a su etapa como crucigramista en La Vanguardia. Ofrecíamos pasatiempos en catalán a los distintos medios. Éramos conscientes de las limitaciones que suponía esa actividad, pero aun así hallamos cierta sensibilidad y nos hicimos un hueco. Y, mejor todavía, hoy en día los socios de aquella aventura seguimos al pie del cañón: Miquel Sesé es el crucigramista de “El Punt Avui”; Anna Mª Genís, de El Periódico de Catalunya; y yo, de La Vanguardia.

Me falta un socio…

El cuarto socio era Mercè, mi esposa, quien tras la etapa de “Més…” prefirió mantenerse al margen y orientar su carrera hacia el Magisterio. Hoy sigue lidiando con los alumnos de parvulario en el Guinardó.

“A mi pareja la conquisté con recursos verbales, porque con el físico no había tu tía…”

¿Cómo consiguió conquistarla?

La conquisté con recursos verbales, porque con el físico no había tu tía… Siempre he acudido a esos recursos como armas de seducción.

“Antoni Bassas me sugirió trasladar el crucigrama a la radio“

¿De dónde partió la idea del Enigmàrius?

Fue una derivada de una propuesta de Antoni Bassas, quien me sugirió trasladar el crucigrama a la radio, lo cual entrañaba cierta complejidad, porque la radio se consume en la ducha, en el coche, mientras cocinas… Lo cual dificulta mucho que puedas estar escribiendo y completando una parrilla. Pero a partir de ahí se me ocurrió plantear un reto a través del doble sentido de las palabras, con una definición críptica.

¿Dónde halla la inspiración?

Es algo que me preguntan mucho, sobre todo los niños. Y me inquieren acerca de si no agoto los recursos. Pero tengo la sensación que es algo infinito, inacabable. La lengua es un motor muy potente, y si bien cuando escribo una novela me siento autor y empoderado para combinar las palabras a mi libre albedrío, en el caso del Enigmàrius siempre parto de la respuesta y de cualquier elemento que tenga a mi alcance. Ahora mismo, por ejemplo, esta mesa, “taula” en catalán, me sugiere que ese vocablo puede utilizarse tanto para multiplicar como para la gimnasia o, incluso, jugar con las “taules” en el ajedrez, que equivalen al empate y que encontraría en Igualada un perfecto sinónimo. Así puedo jugar con una alusión a los muebles de Igualada…

Es usted un portento en imaginación y asociación de ideas.

Cada lengua es como una selva, que alberga una gran riqueza y lo único que hay que hacer es sumergirse en ella. No te la acabarás nunca. Además, la lengua evoluciona, y aunque el diccionario es finito, aunque hiciéramos un juego con cada una de las palabras, cuando llegáramos al final del diccionario habríamos incorporado nuevos términos o conceptos. Hace quince años nadie podía pensar que la palabra “móvil” pudiera adquirir el significado que, básicamente, le atribuimos hoy en día. O “atuir”, que en catalán equivale a dejar por muerto, con la emergencia de Twitter adquiere nuevas posibilidades… Las palabras son un ser vivo. Se agotará antes el petróleo que las posibilidades que albergan las palabras para evolucionar y transformarse.

¿Qué otras aficiones tiene más allá de las vinculadas con la lingüística?

Ciertamente, pocas. Soy muy “culer” y soy socio del Barça, si bien últimamente no voy mucho al Camp Nou porque tengo un único asiento y ya no tengo a mi alrededor al grupo de amigos con el que compartíamos los partidos antaño. Ahora los suelo seguir por radio… mientras elaboro las parrillas de los crucigramas. Pero sí es cierto que, desde que cumplí los cincuenta, yo, que nunca había ido a la montaña y que he practicado poco deporte, me animé a iniciarme en el senderismo. Junto a unos colegas de mi edad, hacemos rutas a través del GR, de quince o veinte kilómetros, que combinamos con un buen almuerzo y unos “gin tonics”.

¿Se le da bien la cocina?

En casa soy yo quien asume la responsabilidad culinaria. A la hora de repartirnos los trabajos domésticos, consideré que la limpieza no tenía final feliz y que prefería hacerme cargo de la cocina, que además tiene un plus de creatividad. Pero opto por cosas poco sofisticadas: ni sé hacer arroces ni cocinar para mucha gente. A lo sumo, puedo defenderme con un pollo al horno, o con una lubina.

¿Quién le instruyó en la materia?

Cuando me fui a vivir con Mercè me tuve que espabilar. Fui autodidacta, pues ni mi madre ni mi abuela no me permitían ni que me asomara la cocina. A lo sumo, limpiar judías o secar cubiertos. Para los chicos, la cocina era coto vedado. Tal vez eso fue un estímulo para aprender, lo cual conseguí a fuerza de ensayo error…

Y, a la hora de sentarse a la mesa, ¿cuáles son sus preferencias?

Soy bastante ecléctico, pero sobre todo carnívoro, de modo que, cuando nos reunimos con los amigos, un chuletón se revela como una buena opción. Pero también una lubina o cualquier pescado a la brasa, a la portuguesa.

¿Regado con vino, cava…?

El cava no me gusta ni para brindar. El vino, sí; ya sea blanco o tinto. Me gusta ir descubriendo nuevos caldos. Ahora estoy en la etapa de disfrutar de los Montsant. Y cuando viajo procuro optar por vinos locales. En Mallorca, por ejemplo, me he llevado gratas sorpresas. En cualquier caso, rehúyo ciertos convencionalismos.

¿Se ha llevado una grata sorpresa con Casa Alfonso?

Encuentro que es súper acogedor, en especial su zona interior. Tiene un aspecto atemporal, en el que igual puedes imaginarte que te encuentras en la Barcelona de los 50 como dentro de cinco años. Y todo lo servido está delicioso….

Tal vez le sirva de inspiración para una nueva novela. ¿Cuál será la próxima “novela de Sant Jordi”?

La segunda parte está en marcha, con Oriol Comas otra vez como personaje protagonista. Novela negra que confío llegará a los lectores el próximo otoño.

Todavía nos quedan unos cuantos crucigramas por resolver hasta entonces. Ya lleva más de 11.000…

Sí: empecé el 1 de julio de 1990, con lo que voy camino de los treinta años.

“Las ideas ocurrentes,
mejor dosificarlas para evitar ahuyentar a la gente”

Un largo trayecto junto a “La Vanguardia”, como el que lleva con Mercè. ¿Encaja bien ella sus juegos de palabras?

Ella me conoció así, de modo que no se engañó. Siempre me he mostrado tal cual; intento no ejercer de personaje. Con los años he aprendido que hay que ser prudente y que, si se te ocurren diez ideas, mejor dosificarlas y no abusar: dos a lo sumo. En caso contrario, ahuyentas a la gente.

Este año se cumplirán diez años de la pérdida de Llullu. ¿Cómo se supera la muerte de un hijo?

Si el luto resulta difícil, para un hijo, mucho más; porque constituye un vuelco a la lógica de la vida. De hecho, ya habíamos asistido a pequeños lutos previamente, pues desde las cinco semanas nos iban lloviendo noticias inquietantes: que si nuestro hijo no podría andar; que si no podría hablar; que si no podría estudiar… Aprendimos a ir superando esas circunstancias, intentando disfrutar de los pequeños descubrimientos de cada día. Reflejar esa experiencia en un libro, “Quiet”, fue en cierto modo terapéutico, porque me permitió hablar de ello con toda naturalidad. Fue un ejercicio devastador, equivalente a reflejar algo que en radio sería un silencio; un fundido en negro, en imagen; una página en blanco… Quienes no somos creyentes tenemos la memoria como único paliativo. Y es el recuerdo de Lluís, diez años después, lo que consigue reconfortarnos. Precisamente a principios de febrero se estrenará en el Teatre Lliure la versión teatral de “Quiet”, que permitirá vivir la experiencia de Llullu desde un punto de vista artístico.

¿Cómo surgió esta idea?

A raíz de la lectura de algunos pasajes de “Quiet” en la Sala Becket, con motivo del concierto benéfico “Mou-te pels quiets”, me dijeron que tenía mucha potencia dramática, lo cual me llevó a valorarlo. Posteriormente, un productor se interesó por el proyecto, dirigido por Joan Arqué y con la participación de Roger Julià, Judit Farrés y Òscar Muñoz. No es un montaje triste, sino que busca dar un nuevo tono al libro. En cierto modo nos convertiremos en espectadores de esa experiencia, en un ejercicio que se prevé emocionante. Lo abordamos como un momento feliz, recordando su sonrisa. La inolvidable sonrisa de Llullu.

2019-01-30T18:54:02+00:00
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