Entrevista a Manel Sans, actor de teatro, cine y televisión.

Entrevista a Manel Sans, actor de teatro, cine y televisión.

“Cocinar para quien amas constituye un placer”

“El oficio de actor no es para cobardes”

CMGroup – Jordi Vilagut. Barcelona

Pocas veces un invitado a los Desayunos de Casa Alfonso ajeno profesionalmente al mundo de la cocina había exhibido tamaño conocimiento culinario como Manel Sans. El protagonista de “El Tràmit”, programado hasta el 11 de noviembre en el vecino teatro Borràs, nos ha sorprendido por su extraordinaria sabiduría entre fogones.

Su carácter exigente, tanto dentro como fuera del escenario, constituyen una buena prueba para el restaurante de Roger de Llúria cuando compartimos mantel con este actor que atesora experiencia tanto en el teatro como en el cine y la televisión. Si no hace mucho Coco Comín nos hablaba de “actividades de alto riesgo”, el popular Fajardo de «Nit i Dia» insinúa que su oficio es para valientes. En la mesa, no se ha mordido la lengua.

-¿A quién debemos la suerte que usted decidiera seguir la carrera de actor?

-Probablemente a Cary Grant, con memorables protagonismos en «Historias de Filadelfia» o «Arsénico por compasión». Pero también admiraba a Paul Newman, en todos sus filmes; o a Marlon Brando, en «La Ley del Deseo». Desde muy joven quise ser actor americano de cine.

-Siendo de Sabadell, tenía difícil ser actor americano… ¿Cómo se inició en la profesión?

-Creo que fue cursando segundo de B.U.P., en un grupo de teatro amateur. Gracias a esa participación me enteré que existía el Institut del Teatre, pues en caso contrario hubiera acabado estudiando Biblioteconomía y Documentación. Ya tenía pie y medio en esa Facultad cuando acabé logrando una plaza en el centro de dramaturgia, donde en esos momentos no resultaba fácil entrar porque a estudiar en ese instituto, a diferencia de ahora en la que todos los que se postulan son jóvenes preuniversitarios, optaban gente de todas las edades, lo cual era un hándicap para quienes, como yo, apenas teníamos experiencia.

-En cualquier caso, acertaron al valorar su faceta artística. ¿Algún antecedente en casa?

-Ninguno. Mi madre dio continuidad a la lechería de mi abuela y expandió el negocio hacia una tienda de comestibles mientras que mi padre inició su trayectoria en el textil hasta que la crisis del sector le llevó a dedicarse al transporte e instalación de electrodomésticos. Supongo que tengo un carácter artístico innato, que me llevó tiempo atrás a cultivar una faceta escritora.

“Soy muy crítico conmigo mismo”

-¿No ha publicado nada?

-Se trata de algunos cuentos que tendría que repasar previamente… ¿Sabe que ocurre? Tengo demasiado sentido del ridículo. Soy muy crítico conmigo mismo. También he escrito un guión que espero que algún día pueda ver la luz en escena.

-¿De qué trata?

-Se llama «Scarpe di cartone» y gira en torno a la batalla de Stalingrado; más concretamente, sobre las cartas que tres soldados remiten a su esposa. Está basado en unas misivas reales que cierto soldado enviaba a su novia y a las que, décadas después, pude acceder a través de su nieta.

-Me decía que usted es crítico consigo mismo. ¿Lo es también con los demás?

-Soy demasiado crítico conmigo mismo, porque un actor debe mostrar cierta desvergüenza y tiene que concederse la posibilidad de cometer errores. Pero soy muy exigente con mi trabajo y en ocasiones yo mismo me autolimito por no conocer mis propios límites. Eso mismo me ocurre con lo que escribo, que no espero a que me critiquen y me autocensuro yo mismo. En la vida cotidiana no soy crítico, y de los demás siempre hago una valoración positiva. Anna, mi mujer, afirma que soy muy buena persona. En el trabajo, lo que no me guste de los demás me lo callo. Para corregir, ya está el director, que es quien asume la máxima responsabilidad de cada proyecto. A lo sumo, puedo hacerle algún comentario a mi hijo, Oriol, que también va para actor.

“Mi hijo Oriol seduce mucho a la cámara”

-¿Qué edad tiene?

-Oriol tiene diecisiete años y creo que ha heredado tanto los genes de su madre, Mercè Cervera, actriz y ahora productora y con mayor trayectoria en el cine, y los míos, más arraigados en el teatro. Ahora está a punto de estrenar su primera película, «La vida sense la Sara Amat» y recientemente estuvo a las órdenes de Josep Maria Mestres en el Teatre Lliure donde brilló en una obra de Mark Ravenhill. Tiene mucho “ángel”. Seduce mucho a la cámara.

-Se percibe que a usted también le seduce…

-Es un joven con la cabeza muy bien amueblada, con mucho sentido común, lo cual resulta fundamental en esta profesión. Cuando fui a verle al teatro, antes de empezar la función el corazón me latía a 250 pulsaciones. Estaba más nervioso yo que él y ya me veía con taquicardia durante toda la obra. Pero así que subió el telón, me tranquilicé y disfruté enormemente.

-¿Encaja bien Oriol los consejos que le da?

-Relativamente, lo cual resulta lógico en cualquier joven de su edad. Me hace mayor caso con los consejos que puedo darle sobre la vida, pero profesionalmente lo mejor que puede hacer es seguir las instrucciones del director a las órdenes de quien esté. Lo que sí puedo decir es que tiene buen criterio, y que no se muerde la lengua a la hora de calificar mi trabajo. Aunque es muy crítico, debo admitir que nunca me ha despedazado. Recuerdo una ocasión, en la que intervenía en «La Gavina», que dirigía David Selvas, en que me correspondió interpretar un papel de cierta complejidad. Finalmente, pensé que le había cogido el tono al personaje. Sin embargo, cuando hablamos con Oriol sobre la obra, me dijo que no me preocupara, que «ya acabaría encontrando al personaje…». Lo mejor del caso es que tenía razón, porque le di una vuelta al papel y funcionó. Esa vena inconformista seguro que le resultará muy útil para abrirse paso en la profesión.

«No descarto dirigir algún día,
pero ahora mismo no entra en mis prioridades»

-Tal vez incluso llegue a dirigir, por lo que me dice. ¿No le seduce a usted la dirección?

-Muchos actores deseamos dirigir, pero no por razones económicas, sino por poner nuestro foco. En mi caso, puedo aportar determinadas ideas en transición o en la medida de los gags, pero un montaje reclama muchísima paciencia; una virtud que escapa a mi carácter. Me cuesta entender los procesos distintos al mío, y en una producción teatral cada actor tiene su propio proceso. Y yo soy de quienes cuando quieren algo de un actor lo quieren ya. No descarto dirigir algún día, pero ahora mismo no entra en mis prioridades.

-Ahora la prioridad es «El Tràmit». Convenza a quienes todavía no han acudido al teatro Borràs para que vengan.

-Quienes vengan a ver «El Tràmit» se lo van a pasar en grande. Si son de quienes nadan entre la dicotomía del entretenimiento y de la reflexión, puedo decir que esta obra reúne todos esos ingredientes, pero sobre todo van a disfrutar riendo y emocionándose.

-¿Y aprenderán como hicieron recientemente un grupo de empresarios que acudió a verles?

-En realidad fueron dos sesiones: en la primera asistieron altos directivos y en la segunda, personas que participaban en un programa de reinserción laboral para personas de edad avanzada. Fue una interesante iniciativa, impulsada por Fernando Trias de Bes, guionista de «El Tràmit» y Mercedes Segura, que forma parte de nuestro equipo y que imparte formación a directivos a partir de la experiencia del teatro. A la hora de poner en marcha una función, al igual que en una empresa, es muy importante la toma de decisiones; y también saber coordinar los distintos temperamentos de cada miembro del equipo. Esto es como en el “Dream Team” del Barça, donde Cruyff sabía que la respuesta obtenida por Laudrup no tendría nada que ver con la de Stoichkov ante una de sus decisiones. Hay que saber manejar los egos y asignar a cada uno el papel que le corresponde para que todos trabajen con el mismo objetivo. En el teatro ocurre lo mismo: el director tiene que sacar lo mejor de cada actor y conseguir sumar las energías de todos para lograr el mejor resultado posible; que cada actor identifique el papel que le corresponde, respete el de sus compañeros y sepa agradecerles la colaboración y la interacción que establecen con él.

-Uno de los lemas que utilizan para la promoción de la obra es “¿Por cuánto dinero callarías un secreto de Estado?”. ¿Por cuánto guardaría silencio Manel Sans?

-Si fuera por un amigo mío, el silencio sería perpetuamente gratis. Si fuera por un enemigo, lo vendería gratis. Creo en el pacto de caballeros y en la ética samurái. Si existe un código de honor, soy incorruptible. Pero si ese código es inexistente, debo admitir mi carácter corruptible.

-Antes me ha hablado de fútbol. ¿Es ésa su principal afición?

-Me gusta el fútbol… como espectador. Prohibiría a los actores practicar deporte, por el riesgo de lesiones. El actor debe observar el mismo celo que un deportista de élite y no exponerse a riesgos. He visto trabajadores de una misma empresa disputar partidos de “pachanga” y lesionarse, con lo que supone para la compañía acusar esas bajas. Y en el teatro no podemos permitirnos ni una sola baja. También me gusta el “black ball”, una suerte de billar inglés que erróneamente la gente denomina “pool 51”. Creo que en parte me aficioné a él para mantener un punto de contacto con mi hijo que me permitiera controlarlo. Contra él, siempre perdía. Y una de mis pasiones favoritas es la cocina.

-¡No me diga!

-En casa cocino yo. Y vaya si cocino: como que le preparo a mi mujer la comida que se lleva a diario al trabajo. Durante año y medio estuve preparando dos platos al día sin repetir receta (salvo las sopas de cebolla, de tomillo o de ajo a las que recurría cuando el estómago y el sentido común lo recomendaban). Cocinar para quien amas constituye un placer.

“A Anna le sedujo la forma de relacionarme con mi hijo”

-Le brillan los ojos cuando lo dice. ¿Conquistó a su pareja por el estómago?

-¡Ni hablar! Anna me confesó que una de las cosas que le sedujeron de mí fue la forma de relacionarme con mi hijo; la comunicación y la sensibilidad que percibió que tejía con él.

-¿Quién le enseñó a cocinar?

-Soy absolutamente autodidacta. Internet es un recurso fantástico. Existe un blog, que ni tan siquiera está actualizado, que bajo una apariencia informal es un pozo de soluciones culinarias. Se llama Falsarius chef.

-¿Cuáles son los platos con los que más se luce?

-Al margen de la sopa de cebolla, que me queda excelente, podría prepararle unos espaguetis con almejas y botarga (un producto sardo similar a una longaniza de huevas de pescado). Pero también le satisfaría unos canelones rellenos de bechamel con foie y espinacas, una receta que aprendí de Karlos Arguiñano.

-¿Y cuál es su plato favorito cuando se sienta a la mesa?

-Con Anna tenemos verdaderos problemas cuando vamos a comer a un restaurante, pues modestamente puedo decir que la tengo mal acostumbrada. Y es que los platos que encontramos en la mayoría de cartas ya se los he podido preparar en casa (e incluso mejor). En esos casos, opto por una buena carne o un buen pescado. Aunque si algo me vuelve loco son las ostras.

-¿Cómo calificaría la experiencia en Casa Alfonso?

-En Casa Alfonso encuentras un trato familiar que es de agradecer. Hay establecimientos donde impera la pedantería y la arrogancia, pero aquí la relación que estableces con el personal te hace sentir muy cómodo. Y los platos que sirven son de gran calidad, equiparables a los de la Guía Michelin, y a un precio asequible.

-¿Qué otros proyectos tiene en perspectiva?

-En enero estrenaremos «Lapònia», en el Capitol 2, junto a Rosa Boladeras, Roger Coma y Meritxell Calvo y bajo la dirección de Cristina Clemente y Marc Angelet, autores del texto. Es una obra próxima a la comedia en la que se pone en valor la mentira y la relación con los hijos; si es admisible mentirles. La comedia es el género más difícil para el actor, pues reclama una partitura musical estricta no presente en el drama. Las respiraciones, los tempos, las transiciones… adquieren gran importancia en la comedia, que despierta lo mejor y lo peor de los egos de los actores.

-¿Y después?

-Después… ya veremos. Afortunado me siento de, por una vez, saber que tras finalizar el proyecto en el que estoy trabajando tengo otro que me espera. En teatro puedes estar tres meses y medio trabajando y, posteriormente, irte al paro; a lo cual hay que añadir el sueldo de mileurista durante el mes y medio de ensayos. Nunca he tenido la suerte de “pillar” un culebrón, que te asegura cuatro o cinco años de trabajo continuado. El oficio de actor no es para cobardes; es tremendamente inestable. Y si encima te generas enemigos.

“El actor se encuentra en guerra permanente”

-¿A qué se refiere?

-En ocasiones, significarte demasiado con determinadas causas te marca de por vida. Los actores pintamos poco y dependemos de que los directores cuenten con nosotros. Y depende de lo que hagas, de lo que firmes o de lo que te expongas, corres el riesgo de que en el futuro tengas trabajo o no. Directores más altos han caído… Ésta es una carrera de eliminación, en la que cada año aparecen medio centenar de actores del Institut del Teatre que ponen en riesgo tu puesto. Todo es muy cambiante y volátil y el actor se encuentra en guerra permanente, teniendo que ganarse el puesto y el papel a diario. Es una lucha sin cuartel, en el que en ocasiones no existen escrúpulos. Recuerdo una ocasión en la que un actor se comprometió con una producción y, a una semana del estreno, reclamó un aumento de sueldo o plantaba al equipo. Fue un chantaje inaceptable, sobre todo porque se trataba de una sala alternativa, con todo lo que ello supone. Y, claro está, el responsable tuvo que sopesar qué era mejor a nivel de costes: si ceder a esas pretensiones o renunciar a la programación prevista.

-Confío que la relación con sus compañeros de «El Tràmit» sea más plácida.

-No lo dude. La experiencia con mis actuales compañeros de reparto está resultando excelente. A Àlex Casanovas le admiro; es un profesional de una talla impresionante, honesto como pocos, que siempre va de cara. Con él tendría un código samurái. Y David Bagés es un actor con un gran corazón; maniático con sus ritmos y tempos, y con un ego tan potente como el mío, pero un compañero inmenso. Como Xavier Serrano, Mònica Glaenzel o Susnna Garachana, que son un encanto. Hemos tenido la suerte de coincidir todos en este proyecto en el momento adecuado; en el justo punto de madurez. Tal vez si nos hubiéramos reunido en 2010, o si la hiciéramos en 2025, no habría conseguido el mismo resultado. Con ellos me tiraría un año de gira.

-¿Es en el teatro donde se siente más cómodo?

-En el cine y en la televisión me siento igualmente cómodo, pero es verdad que en el teatro piso un terreno muy trillado. Y, sobre todo, el teatro me proporciona unas sensaciones muy especiales, ya que, al finalizar la función, experimento una subida de adrenalina sin igual. En cambio, al acabar el rodaje de una serie me encuentro muy agotado; al igual que trabajando en televisión, donde tampoco consigues ese “subidón” del teatro. En cualquier caso, todo trabajo es bienvenido. Paradójicamente, antes la televisión contrataba a gente del teatro; y ahora los teatros se llenan con actores de televisión.

 

2018-10-22T14:28:35+00:00
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