Entrevista a Juanjo Puigcorbé, actor, concejal y delegado de Cultura de la Diputación de Barcelona

Entrevista a Juanjo Puigcorbé, actor, concejal y delegado de Cultura de la Diputación de Barcelona

 “Visitar Barcelona implica venir a Casa Alfonso como viajar a Nueva York reclama acudir al Carnegie Deli”

“En Casa Alfonso conocí a Muriel Casals,
quien me pidió colaborar en distintas iniciativas”

CMGroup – Jordi Vilagut. Barcelona

juanjoSi Juanjo Puigcorbé hubiera hecho caso a sus profesores, hubiera encaminado sus pasos hacia las artes plásticas, “cuando en realidad es algo que no domino. Dijeron que daba igual que cursara Ciencias que Letras, pues todo se me daba bien. Pero que me dedicara al dibujo. Y ya me gustaría a mí saber dibujar y pintar”, confiesa este veterano y reconocido profesional de las artes escénicas; una faceta ahora temporalmente aparcada tras haberse comprometido con la política y haber sido elegido concejal del ayuntamiento de Barcelona y haber sido designado delegado de Cultura de la Diputación.

-¿Y cómo fue que usted acabó aterrizando en la actuación?

-El interés por las artes escénicas nació en 1972, cuando cursaba COU, pues incluía una optativa que era Expresión Dramática que me fascinó. Tanto es así que con otros compañeros creamos un grupo de teatro, que compaginé con mi etapa universitaria. Me había matriculado en Física y en Filosofía y Letras, carreras que no culminé, y acabé ingresando en el Institut del Teatre, pues aquella afición incipiente se convirtió en auténtica vocación. Todo fue muy rápido, pues en 1976 ya era actor profesional.

-¿No tenía ningún referente, en la familia, por ejemplo?

-En mi familia, lo más cercano sería mi hermana, que era pianista. Si tuviera que buscar un referente entre los actores, me quedaría con Charles Chaplin.

-¿Recuerda su debut como actor?

-Ya lo creo: dando vida a Nerón, en una célebre obra de Alfonso Paso.

-¿Se halla más cómodo en el teatro, en el cine, en la televisión…?

-El cine, me encanta; y el teatro lo encuentro más personal. Pero me gusta todo… y he hecho de todo. En teatro he sido actor y director; en cine, actor, guionista y doblador; he dirigido ópera. He representado a Shakespeare, obras modernas, ultramodernas, clásicos, series negras, me he convertido en asesino, he dado vida a personajes históricos como Dalí, Goya, Servet, el rey Juan Carlos, a Fassman… Recuerdo que con Ovidi Montllor nos reíamos porque los críticos siempre nos cuestionaban nuestra capacidad para realizar un determinado papel que todavía no habíamos llevado a cabo; a las pocas semanas, cuando ya habíamos demostrado que sí éramos capaces, nos salían con otro desafío que también superábamos. “Lo hacen para tocarnos los cataplines”, decía Ovidi.

-Todavía le queda la dirección cinematográfica. ¿Lo asume como una asignatura pendiente?

-Ahora mismo, ya no; aunque tampoco lo descarto por completo. Se me propuso en distintas ocasiones dirigir proyectos cinematográficos, pero los desestimé por prudencia o porque no los consideraba adecuados; al igual que a lo largo de mi trayectoria he rechazado trabajos que profesionalmente no me aportaban nada. Soy una persona a quien le gusta variar; al igual que cuando viajas te gusta descubrir nuevos destinos. También en alguna otra ocasión había presentado proyectos propios para dirigir alguna película, pero en esta profesión si no formas parte de determinados círculos, te vetan; directamente. Los premios Goya son una buena muestra.

“Me siento un afortunado y un privilegiado”

-¿Aspira a ese reconocimiento?

-En absoluto. No tengo ningún Goya; ni tan solo he sido nunca nominado. Es algo que no me preocupa, pero sí quiero dejar constancia que en España siguen existiendo techos de cristal. El cine español ahora mismo depende en gran medida de las televisiones, concentradas en dos grandes grupos y cuyos directivos llevan en el cargo más de veinte años. Unas empresas con un sistema piramidal insano donde la decisión de quién trabaja y quién no la toma una delegada de ficción que, cómo no, también lleva una eternidad en el cargo. Y, le digo una cosa: me siento un afortunado y un privilegiado porque he tenido la oportunidad de participar en producciones extraordinarias.

-¿Hay algún personaje que haya interpretado que le haya marcado de manera especial?

-Hay varios, pero podría destacar a Dalí, un personaje extraordinario. Y también a Peer Gynt, una obra con la que inauguré el Centro Dramático de Cataluña y que era una brutalidad, porque es el personaje más largo de la historia del teatro. Son cuatro horas en las que se evoluciona del joven al viejo. Y esa circunstancia me permitió poder hablar con Gérard Desarthe, un actor francés que no concedía entrevistas a nadie y que estaba sorprendido porque lo representaba hasta dos veces al día, cuando él la estaba representando en París pero sólo media parte, a excepción del sábado que la llevaba a cabo entera .

-¿De niño nunca había imaginado que sería actor?

-No. Me veía más como científico. No tenía claro que sería de mayor. Mi padre era ingeniero textil y a menudo existe tendencia a seguir la profesión del progenitor. Pero yo, por ejemplo, me dedicaba más a jugar con el Mecano o con el Cheminova que a otra cosa; si bien es verdad que en ocasiones, con la familia o con amigos, si que hacíamos grabaciones con el magnetofón en lo que podría considerarse un acercamiento a la profesión. Y, ya ve: ahora mismo puedo contabilizar un centenar de títulos entre películas y TV movies, una veintena de series, unas veinticinco obras de teatro, unos 40 dramáticos en televisión….

-¿Cuál ha sido su virtud?

-Supongo que mi espíritu trabajador y luchador; y haber sido una persona muy versátil y con muchas posibilidades. Tengo que agradecerle a la vida la suerte de haber nacido en un momento en que me ha permitido disfrutar de una época en la que nacían toda una serie de proyectos extraordinarios e ilusionantes, como el Festival Grec, donde llevamos a cabo las primeras óperas con Mario Gas, los primeros pasos del cine alternativo, las movilizaciones para reivindicar la libertad de expresión, la inauguración del Centro Dramático de Cataluña… Tuve la suerte de estar en todas esas salsas.

-¿Cómo procura disfrutar del poco tiempo libre que, me consta, dispone actualmente?  

-Dado que me gusta el cine, el teatro, la televisión… procura disfrutar de estos espectáculos, así como de la lectura. Pero también me gusta mucho viajar y la fotografía. Me hubiera gustado dibujar; y pintar. Pero, definitivamente, no es lo mío; por mucho que se empeñaran en formular pronósticos erróneos.

-¿Qué películas han quedado marcadas en su retina?

-Muchísimas, pero si tuviera que destacar cinco, me quedaría con “Dersu Uzala”; “La quimera del oro”, “2001: una odisea en el espacio”, “El hombre tranquilo” y “El verdugo”. 

-¿Y si tuviera que llevarse un libro a una isla desierta?

-Robinson Crusoe.

“Mi abuelo paterno era pastelero
y había ejercido como cocinero del coronel”

-¿Qué tal se defiende entre fogones?

-Francamente bien. Recuerdo la etapa en la que vivía en una masía aislada, en Sant Joan de Mediona, en el Penedès, y en la que me desenvolvía muy bien. Pero actualmente he quedado relegado en la cocina, porque mi pareja cocina mejor que yo. Quien realmente cocinaba muy bien eran mis abuelos; los cuatro. Mis abuelos paternos regentaban incluso una fonda, pero quien mejor cocinaba era mi abuelo materno, que era pastelero e incluso había ejercido como cocinero del coronel. Preparaba platos habituales pero con su particular toque. Sabía jugar con el fuego y buscar los puntos de cocción para conseguir esa singularidad que sólo él era capaz de lograr. Mi abuela también cocinaba bien, pero cuando íbamos a su casa adivinábamos si un plato lo había hecho ella o mi abuelo, porque él era excepcional. De hecho, la familia Benaiges se prodigaba a nivel culinario, pues eran siete u ocho hermanos y , a menudo, organizaban citas gastronómicas en la que cada uno se lucía con un plato. Basta decir que cuando decían que “Clementina era la que mejor prepara el café” era prácticamente una humillación.

-¿Y a usted qué plato le sale divinamente?

-Me quedan muy bien los rigatoni a la matriciana. Soy un enamorado de la cocina italiana; una cocina muy rica porque en cada una de las regiones italianas cuentan con sus propios y deliciosos platos: en Cerdeña, los crostini; en Sicilia, la parmigiana; los platos de la Puglia… Pero también me encanta la gastronomía mexicana, o la oriental; por no hablar de las frituras de Málaga. En Argentina también disfruté de lo lindo. De mis estancias en los países, como por ejemplo Argentina o México, buena parte del recuerdo que me he llevado reside en los sabores que he experimentado. En Argentina me acostumbré a desayunar pomelo, un híbrido entre la naranja y la mandarina que resulta muy digestivo. Ahí recuerdo que echábamos en falta las legumbres, pues estábamos todos los días comiendo carne y pasta. Y no hace falta que elogie la cocina catalana… La tradición culinaria catalana está más que salvada, pues nuestra gastronomía es extraordinaria. Recuerdo que cuando interpretaba a Carvalho cocinaba en la propia serie platos aparecidos en el libro de recetas que había publicado Manuel Vázquez Montalbán. Eran platos que le gustaban mucho a Montalbán, con ese punto de grasa que caracteriza a los platos típico catalanes, como los “farcellets” de col con butifarra del perol. Es cierto que ahora existe una tendencia a rebajar el contenido graso de estos platos, pero en esencia se mantiene la tradición de esos platos. Y en cuanto a postres, también existe una gran tradición que se va encadenando a lo largo de todo el año, desde los roscones de Reyes o de San Antonio, la crema de San José, buñuelos de Cuaresma, “carquinyolis”, “panellets”… Y ya no digamos la cocina tradicional catalana para las Navidades: canelones, “escudella”, “carn d’olla”…

“Disponía de mi propia viña
y había llegado a fabricar vino blanco”

-Veo que el tema gastronómico le entusiasma…

-Sí; soy un amante de la buena cocina. Lo cual no significa que busque platos sofisticados, pues una patata o un calabacín bien cocinados son deliciosos. El pisto también me encanta, como el gazpacho, que considero un invento exquisito y fantástico. Como también me gusta el vino. Cuando vivía en la masía disponía de mi propia viña, con variedades Parellada y Macabeu, y había llegado a fabricar un vino blanco. Incluso compré una finca para ampliar la viña, aunque al final acabé plantando olivos y árboles frutales. Un millar de árboles que me permitían cubrir el ciclo anual: cerezas, almendras, albaricoques, uvas, higos… Y también disponía de un huerto, más para disfrutar que para conseguir buenas cosechas como me recriminaba algún payés.

-Se nota que disfrutó en esa etapa en la masía

-Mucho. Ahí también daba rienda suelta a otra afición: la astronomía. Cómo allí no había contaminación lumínica, podía ver Andrómeda perfectamente. Y podía instruir a mi hija sobre los planetas: Saturno, júpiter, venus… También tenía diez perros; todos negros. La gente no sabía cómo podía distinguirlos. Procuré bautizarles con nombres cuya dicción no generara equívocos en el animal, pues los perros discriminan muy bien las vocales, de tal modo que con un grito bien dado cada uno sabía cuándo me estaba dirigiendo a él. Y en la masía recuerdo también haber organizado encuentros inolvidables con los amigos: sardinadas, costilladas, “calçotades”… Caracoles, no; no me gustan.

-¿Tiene aprensión a ellos?

-Sí; me generan repelús. En ciertos aspectos culinarios, tengo aprensión. El hígado es mi límite máximo. A partir de ahí, nada de casquería: ni sesos, ni riñones, ni callos…

“Para mí, el plato estrella de Casa Alfonso
es la carne rustida bañada en aceite”

-¿Qué le pirra de Casa Alfonso?

-Pues hay una carne rustida, cortada muy fina, y bañada en aceite, que para mí es el plato estrella. Me lo recomendó don Alfonso, el de la segunda generación, a quien tuve el placer de conocer y de acompañar en el 80º aniversario de este establecimiento. Es un plato exquisito, que hay que paladear con pan tostado; sin tomate, para evitar que le reste su singular sabor.

-¿Cómo conoció Casa Alfonso?

-Ya hace un par de años, cuando trabajaba en el teatro Borràs, con Pere Ponce, representando “El Crítico”, de Juan Mayorga. Al salir de las funciones, o de los ensayos, veníamos aquí y disfrutábamos de este entorno tan agradable, con sus delicatesen y sus vinos. Aquí también conocí a Muriel Casals. Estuvimos sentados en aquella mesa del fondo, junto a la cocina, y me pidió colaborar en distintas iniciativas.

-¿Qué destacaría de su decoración?

-Poco más puede decirse de un establecimiento declarado patrimonio arquitectónico de Barcelona y declarado de interés cultural. Para mí, es un local tan emblemático como el Carnegie Deli de Nueva York. Siempre que voy a Nueva York tengo que ir al Carnegie Deli, y Casa Alfonso está a la misma altura. Visitar Barcelona implica venir a Casa Alfonso.

-Que esto lo diga un concejal de Barcelona resulta muy halagador para Casa Alfonso.

-Soy un enamorado de Casa Alfonso, como lo soy de Barcelona. Ésta es una ciudad extraordinaria, a la que le encuentro muchas similitudes con Nueva York. Tengo un concepto particular de Barcelona que suelo explicar a todos quienes vienen a visitarnos. Nuestra ciudad es un poco mayor que Manhattan. Si a ella le añadimos L’Hospitalet i el Baix Llobregat, que sería Brooklyn; Sant Adrià, Badalona i Montcada, a modo de Bronx; el Vallès, como si fuera Queens; Castelldefels, Gavà i El Prat de Llobregat, tal que Staten Island; y el Maresme, como Long island, tenemos la veguería de Barcelona, con cerca de cinco millones de habitantes. Nueva York suma diez millones, con más extensión. Esto nos da la dimensión de nuestra ciudad, una de las más importantes de Europa, en la que conviven distintas realidades. Si consiguiéramos levantar (o soterrar) las vías del tren que dividen este territorio, y elevar el nivel de vida de todas las zonas, tendríamos una Barcelona espléndida.

-¿Se está postulando para alcalde de Barcelona?

-No; sería ciencia ficción. Hay que estar muy preparado para liderar esta ciudad. Alfred Bosch será el próximo alcalde de Barcelona. Yo trabajaré por la Ciudad para impulsar la cultura y apoderar a los profesionales de esta actividad; porque los procesos participativos siempre han sido generados y liderados por profesionales para que después se sume la sociedad. También estamos trabajando en un proyecto muy interesante para impulsar la ciencia, como parte integrante de la cultura.

-¿En qué consiste?

-Queremos crear la Semana Internacional de la Ciencia y el Pensamiento. Confío que el año que viene podamos lanzar la primera convocatoria para reunir a todos los científicos, al igual que se hace con el Mobile World Congress, para debatir sobre el futuro de la ciencia. Para ello será necesario crear una academia potente en la materia. Y conseguir deducciones fiscales para el consumo cultural. Algo que está lastrando el desarrollo de la cultura y que no podemos permitirnos.

2017-04-20T21:02:48+00:00