Entrevista a Coco Comín, coreógrafa y profesora de danza y comedia musical

Entrevista a Coco Comín, coreógrafa y profesora de danza y comedia musical

“Casa Alfonso y mi escuela de danza
son actividades de alto riesgo”

“El productor de «Fama»
pretendía arrastrarme a Estados Unidos”

CMGroup – Jordi Vilagut. Barcelona

Lleva cerca de medio siglo de trayectoria en el mundo de la danza, las coreografías y los musicales y mantiene la misma vitalidad que en su juventud. Activa como pocas, Coco Comín sigue invirtiendo a diario horas en formar a jóvenes que desean abrirse camino en las artes escénicas, observando el mismo rigor e idéntica exigencia que los profesores que pudimos ver, en la década de los 80, en la entrañable serie «Fama».

El responsable de aquella producción televisiva quiso llevársela a Estados Unidos, pero Coco se siente muy arraigada a la ciudad que la vio nace; como también vincula ésta con Casa Alfonso, establecimiento al que considera una seña de identidad de Barcelona. Además de la amistad que le une con el gerente, Comín guarda una estrecha relación con este local, que frecuenta desde hace años, como cuando tras el «Tots Dos» que se representaba en el vecino Teatro Borràs concurría junto a Carles Sabater y Àngels Gonyalons para hacer un “Tots Tres” que les permitía recuperar fuerzas ya entrada la madrugada.

A un horario más razonable, invitamos a Coco Comín a compartir mesa y tertulia en Casa Alfonso, deseosos de conocer cuáles son las claves que le permitieron triunfar desde tan joven en el mundo escénico y cómo ha logrado mantener esa misma frescura a lo largo de casi cinco décadas.

-Me la imagino bailando antes que andando…

-Así fue. Bailaba antes que andaba pero la danza académica fue algo que no descubriría hasta la escuela, la de las Damas Negras, en la Travessera de Gràcia, donde transcurrió mi infancia. Aprovechando que era una chica muy alta y que saltaba como nadie, me hacían jugar en el equipo de baloncesto. Me sentía como Billy Elliot, pues detestaba ese deporte. Y, al finalizar, los partidos, observaba con envidia a las chicas que hacían ballet. Cuál debía ser mi rostro para que finalmente, un día la profesora de danza, me cogiera de una mano y me invitara a entrar en la sala donde ensayaban. Durante una temporada estuve practicando ballet de incógnito, pues en casa ignoraban aquella aventura. Creo que ni las monjas se enteraron de ello. Hasta que decidí decírselo a mis padres.

-¿Cómo se lo tomaron?

-A mi padre le pareció maravilloso, toda vez que a él le encantaban los musicales americanos. Pese a que nadie le había enseñado, bailaba de fábula. Apartaba todos los muebles del comedor, ponía en el tocadiscos «My fair lady», «Oklahoma!»…y sobre todo “Top Hat” y daba rienda suelta a su pasión. Le encantaba imitar a Fred Astaire o a Gene Kelly.

“No siempre se tiene la fortaleza suficiente
para llegar al final”
 

-¿Su profesión no tenía vínculo alguno con las artes escénicas?

-Para nada. Era contable de varias empresas. Y a lo sumo iban con mi madre a bailar a las salas de la época, como hacían todas las parejas. Tuve la inmensa suerte de contar con unos padres que siempre me apoyaron en mi propósito de seguir una carrera artística. Creo que soy la única de mi generación. Resulta imposible sin este respaldo doméstico, si te cortan las alas en casa, abrirte camino en las artes escénicas, pues es una carrera que reclama muchos sacrificios: dedicar muchas horas de ensayo, alta inversión económica, paciencia porque las contrataciones suelen tardar en llegar, cursar estudios amplios y profundos… y no siempre se tiene la fortaleza suficiente para llegar al final.

-¿Cómo continuó su carrera hacia el éxito?

-Tras ese inicio con la profesora de danza Maruja Vicente como actividad extraescolar, proseguí mi formación junto a Joan Magriñà, maestro indiscutible donde los hubiera. Acudía a su estudio de la calle Petritxol, donde empecé a crecer como artista. Magriñá era coreógrafo del Cuerpo de Baile del Gran Teatre del Liceu y catedrático del Institut del Teatre, lo que propició que acabara estudiando en este centro y que el gran maestro me hiciera un hueco para actuar también en el Liceu, donde debuté con diecinueve años.

-Una artista precoz. Pero creo que fue igualmente precoz en el terreno empresarial.

-Cierto, porque, paralelamente abrí mi propia escuela de danza. Siempre he albergado una vocación docente. Me gusta enseñar y dirigir. Recuerdo que en mi adolescencia ya organizaba mis propios shows junto a mis amigos. Veraneábamos en Calafell, que entonces era un tranquilo pueblo de pescadores. Recuerdo aquellos años como si fuera nuestro particular «Verano Azul», porque al llegar a Calafell nos descalzábamos y prácticamente no volvíamos a ponernos los zapatos hasta tres meses después. Con el torso desnudo, subidos en bicicleta, jugando a petanca… Coincidimos con Carlos Barral, cantando y bailando. Eran unas vacaciones maravillosas que, cuando empecé a trabajar, se recortaron drásticamente. Pero sí, ya por aquel entonces me gustaba montar espectáculos con mis amigos.

-¿Tiene hermanos?

-Tengo una hermana tres años menor que, durante dos décadas, trabajó conmigo como profesora en la escuela. Hasta que el cuerpo le dijo basta, porque esta profesión es de una alta exigencia. He tenido la fortuna de contar con una salud de hierro que me ha permitido aguantar durante todo este tiempo. Soy una persona a quien le cuesta acusar el cansancio, a pesar de tener que compatibilizar la faceta artística con la gestión empresarial. A las dotes de liderazgo hay que añadir dominio contable, conocimientos legales… Tuve que formarme también para ello. Ahora dispongo de un excelente equipo de gerencia formado por mi marido, el economista Joan Ortínez y nuestro socio, el también economista Ricard Fleck, así como seis miembros más de staff administrativo.

“Mi padre tuvo que emanciparme
porque era menor de edad cuando abrí la escuela”

-¿Cómo fueron los inicios de su escuela de danza?

-Empecé con siete alumnas, que de hecho eran amigas mías a las que arrastré por el cuello. Era febrero de 1971, a mitad del curso convencional. Dado que entonces la mayoría de edad estaba estipulada en veintiún años, tuve que solicitar a mi padre que me emancipara para poder firmar el alquiler del local y solicitar un préstamo bancario. El año anterior había trabajado como secretaria del director farmacéutico de un laboratorio, a razón de diez mil pesetas mensuales. Las cincuenta mil pesetas ahorradas me permitieron equipar el estudio, de cincuenta metros cuadrados, con una mesilla para la recepción, una silla para mi madre (que ejercía de secretaria), un perchero para una habitación que habilité como vestuario, un pequeño espejo y un piano de alquiler. Dada mi escasez de recursos, tenía que asumir desde la limpieza hasta el ajuste de las cortinas. Ese mes de junio acabamos con una treintena de chicas y organicé mi primer festival de fin de curso, que fue todo un éxito. Poco después incorporé el jazz americano, lo que me convertía a mi escuela, junto con la de Ana Maleras, en una de las pioneras pues era la primera vez que se hacía en España.

-La escuela se mantiene en el mismo sitio donde nació.

-Así es, pero ahora las instalaciones ocupan novecientos metros cuadrados y el número de alumnos ha crecido hasta los mil doscientos. Calculo que habrán sido unos cuarenta mil los que han pasado por el centro a lo largo de todos estos años.

-¿Se han equiparado los alumnos masculinos a los femeninos?

-En absoluto. La proporción es aproximadamente de un chico por cada nueve chicas. En la década de los setenta a los chicos ni se les ocurría dejarse caer por la escuela de danza. Fue hace unos veinte años, cuando implanté planes formativos de musicales, cuando empezaron a matricularse en el centro. El ballet clásico, en el que se utilizan mallas apretadas, se consideraba una actividad femenina. El hip hop, en cambio, en el que las prendas son holgadas, se lucen gorras y se adopta un aire urbano nuevo y actual, es un estilo que casa mucho con los chicos. Como también el claqué, donde no se requiere la elasticidad que reclaman las disciplinas más académicas y que se puede practicar incluso con chándal. El claqué es un estilo que reclama una mentalidad de músico, pues quienes lo practican en cierto modo hacen música con sus pies.

-Tendrá alumnos de todo el mundo.

-En el centro hay muchos alumnos latinoamericanos, pero también lituanos, suecos, franceses, italianos, canarios, andaluces y, sobre todo, del País Vasco.

-¿De qué se siente más satisfecha de este casi medio siglo de actividad?

-En especial, de haber ayudado a la gente a hacer de la carrera artística su profesión; a que hayan podido abrirse camino en este mundo. Me siento muy responsable de los musicales que se hacen en nuestro país. En Madrid, donde actualmente proliferan este tipo de producciones, el sesenta por ciento del personal que trabaja en ellos se han formado aquí. Fue a raíz de «Memory», cuando Focus contactó conmigo para poner en marcha el primer musical, que nos dimos cuenta de la dificultad para encontrar artistas que dominaran las distintas facetas, que nos pusimos manos a la obra para ofrecer formación en todos los ámbitos. Ahora estamos cubriendo todas las necesidades en este sentido.

-Seguro que guarda un grato recuerdo de alguna de las producciones en las que ha participado.

-Guardo gratos recuerdos de «Fama, el Musical», una producción muy valorada por el público que estuvo varios años en cartelera. Ahí asumí la codirección de la obra y las coreografías, trabajando codo con codo junto a Ramon Ribalta, alma del Teatre El Sol de Sabadell. Invitamos a David de Silva, productor de la célebre serie y conocido como “Father Fame” a asistir a una de las funciones en el teatro Tívoli. Fue tal el entusiasmo de “Father Fame” que quería que me trasladara a Estados Unidos.

-¿De veras?

-Como lo oye. En América han hecho un giro, pues después de la época dorada de Broadway quisieron evolucionar hacia propuestas más modernas y, posteriormente, pretendieron recuperar aquel look de antaño. Pero Estados Unidos no me gusta; y menos, Nueva York. Tal vez constituye una tierra de oportunidades para los artistas, pero en esa ciudad apenas ves el sol porque te lo privan los rascacielos, todo está prohibido, la gente te reprocha por la calle cualquier comportamiento, comes fatal…

-No como en Casa Alfonso… ¿Cómo conoció este lugar?

-Primero conocí a Alfonso, a través de un amigo común, el protésico dental Toni Moreno, en una reunión en Valldoreix. Conectamos enseguida, por su desparpajo y don de gentes. Incluso en una ocasión le invité a subir al escenario en uno de los festivales de mi escuela: cogió el micro y nos deleitó con una extraordinaria balada. De eso hará unos quince años… Pero sigue manteniendo ese aire “crooner” que, en cierto modo, ha heredado Claudia, su hija, que tiene una voz extraordinaria y quien durante un tiempo fue alumna también de la escuela.

“Casa Alfonso se mantiene
como una seña de identidad de Barcelona”

-¿Qué es lo que más le gusta de este local?.

-Lo primero es que, al cruzar la puerta, es como si hicieras un viaje a ocho décadas atrás, por la magnífica ambientación del establecimiento, que resulta entrañable. Por otra parte, me encanta la profesionalidad de que hace gala el personal, algo que no se observa en otros locales. La corrección en la atención me fascina. El entorno que hallas es propicio a la tertulia, como ocurre en algunas pocas salas emblemáticas barcelonesas, como El Paraigua o El Pla de la Garsa. Casa Alfonso se mantiene como una seña de identidad de nuestra ciudad.

-¿Cuáles son las preferencias culinarias de Coco Comín?

-Me encantan los huevos fritos, sobre todo los que presentan las puntillas rizadas. Sobre arroz blanco, constituyen mi plato favorito. Lo que me pierde también es el queso; de todo tipo: cremosos, curados, franceses, suizos, catalanes… Con queso, viviría feliz.

-¿Cómo se le da la cocina?

-Por mi actividad profesional, no puedo dedicarme mucho a ello, pero cuando me pongo entre fogones, mi familia acaba chupándose los dedos, pues ahí también tengo mi vena creativa. El domingo es un día en el que suelo invertir tiempo a la cocina. He desarrollado mi propia especialidad: las mil hojas de lomo rustido a la catalana. Nació casi por casualidad, pues un día me encontré con un lomo de cerdo congelado y con escaso tiempo para cocinar. Pensé en preparar una suerte de carpaccio, y empecé a cortarlo en finas lonchas, lo dispuse en una cazuela con cebollas y tomates partidos por la mitad, ajo y perejil y algunas hierbas que recolecté en mi jardín: tomillo, romero, laurel… Le añadí media botella de brandy, Torres 5, y tras dos horas de lenta cocción me quedó un plato que se deshace en la boca y que me reclaman a menudo.

“Por la mañana, me tomo dos litros de batido de cacao”

-¿Sigue alguna dieta para conservar esa admirable figura?

-La mía es una dieta calórica, pues es lo que me pide el cuerpo por la intensa actividad física que llevo a diario. Es casi como una droga. Basta decir que, por la mañana, me tomo a diario dos litros de batido de cacao. Mi dieta se basa en la pasta, con salsas varias. No tomo nada de fruta y sí, en cambio, muchos huevos.

-Usted tendrá algún truco para conservar esa capacidad a lo largo de tantos años.

-A diferencia de los deportistas de élite, los profesionales de la danza no masacramos el cuerpo. En la danza, el proceso está muy estudiado precisamente para prolongar nuestra vida profesional. Así se explica, por ejemplo, que la bailarina cubana Alicia Alonso se mantuviera en activo hasta los ochenta años. La clave se halla en los ejercicios de calentamiento, que a diferencia de los gimnastas, que suelen optar por comprimir los músculos, en la danza se centran en el alargamiento, lo cual nos permite saltar, girar, plegarnos…

-¿Qué similitudes existen entre gestionar Casa Alfonso y su escuela?

-Ambas actividades resultan de difícil gestión, porque trabajas de cara al público. Si solo se tratara de encerrarte en la cocina y preparar platos… En especial, encuentro de alta dificultad la labor de la intendencia, el disponer de cualquier producto para atender las necesidades del negocio para evitar el fatídico “de esto no nos queda…”. Igualmente, la gestión del personal resulta compleja; conseguir que mantengan la ilusión del primer día y que se esmeren en conservar la exquisitez permanentemente. En nuestro caso, en la escuela cada día se sube el telón y se celebra una nueva función, pues no nos podemos permitir repetir una clase. Esto nos obliga a ser profundamente creativos, pues somos juzgados a diario por los alumnos y a partir de sus expectativas. Por todo ello, tanto Casa Alfonso como mi escuela de artes escénicas constituyen actividades de alto riesgo.

-¿Tiene hijos que sigan sus pasos?

-Tengo dos chicos y una chica. Ellos han trazado su propio camino profesional, y mientras uno es piloto aéreo en Vueling, el otro era infógrafo pero un día quiso marcharse a Indonesia, donde ha acabado creando un negocio de importación para España de mobiliario. Mi hija, en cambio, sí está cultivando la carrera artística. Júlia Ortínez es bailarina y profesora de jazz y claqué en la Escuela. Es una artista excepcional. Ahora ha regresado de Nueva York, donde ha participado junto a Sharon Lavi en el Tap City Festival como representantes europeos de claqué.

“Me encantaría aparecer como actriz en una película”

-¿Cuál es su asignatura pendiente?

-Me encantaría vivir la experiencia de actriz en una película. Hace una decena de años estuve a punto de hacer realidad esa ambición, interpretando a una abuela alocada, pero finalmente la producción no se llegó a llevar a cabo. Ahora he participado como coreógrafa en «Yucatán», un film dirigido por Daniel Monzón, rodado en un crucero que sale de Barcelona y que recala en México tras pasar por distintos países. La película, que se estrena el 31 de agosto, no es un musical pero sí incluye algunas coreografías; que en ocasiones en la pantalla no lucen lo suficiente.

-Pero alguna experiencia sí tiene como actriz.

-Solo una en el teatro, interpretando a Azofaifa en «La Venganza de Don Mendo». Eso sí: mi alegato gusto tanto al público que éste interrumpió la función para estallar de pie en aplausos. Tras ello, volvieron a sentarse y continuamos con la obra…

-Queda dicho y confiemos en verla algún día en la gran pantalla. Tal vez si hubiera aceptado la propuesta de Estados Unidos habría sido más fácil e incluso abrir una escuela de danza en América…

-Lo dudo. Al margen que la gente me necesita a su lado. Los alumnos esperan que les corrija, que les grite…

-¿Tal cual hacían los profesores en «Fama»?

-«Fama es un reflejo bastante real de lo que es una academia de danza. Los profesores tenemos que ser duros con los alumnos, pues éste es un mundo muy exigente y quienes quieren dedicarse a las artes escénicas tienen que ser capaces de asumir las críticas y mantenerse inmunes a ellas. A los estudiantes tenemos que impartirles mucho más que técnicas de danza: tienen que empaparse de la cultura musical, saber de dónde provienen los estilos que bailan, conocer cómo ha evolucionado la música en la sociedad… Cuando llegan al centro, tienen muchas carencias. La juventud, hoy en día, apenas sabe hablar, no lee, tiene problemas de comprensión de texto, de concentración porque no es capaz de aparcar el móvil… Procuramos que nuestros alumnos salgan de la escuela no solo sabiendo bailar, sino con un profundo bagaje y conocimiento cultural.

¿Qué le parece concluir esta entrevista revelando el secreto de su nombre?

-Todo el mundo me llama Coco; desde que era niña. Me bautizaron como Rosa, pero… cuando empecé a hablar, al preguntarme por mi nombre mi respuesta era Coco. Y Coco me quedé.

2018-07-25T07:05:50+00:00
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