Entrevista a Abel Folk, actor

Entrevista a Abel Folk, actor

“Trabajando como pastelero
ganaba más que los actores del Teatre Lliure”

“Hacía campana en el colegio para ir al cine”

CMGroup – Jordi Vilagut. Barcelona

La proximidad con el teatro Borràs propició que Abel Folk y Casa Alfonso iniciaran un idilio frecuente ya hace algunos lustros. El actor solía acudir al restaurante de Roger de Llúria una vez concluidas las funciones (o los ensayos), seducido tanto por sus productos como por su ambiente.

Profesional polifacético, pocos podrán presumir de haber prestado su voz a figuras como Humphrey Bogart, Paul Newman o Jack Nicholson. Aunque esa faceta de doblador la abandonó en su día, hoy sigue siéndole fiel en esa labor a Pierce Brosnan, a quien conoció personalmente.

Ahora que acaba de estrenar “El Llibertí”, junto a Àngels Gonyalons y en el Poliorama, Abel hace un hueco en su agenda para compartir un Desayuno en Casa Alfonso y obsequiarnos con una conversación tan enriquecedora como el sabroso jamón que nos sirven en la mesa.

-¿Folk con “k”?

-Sí: mis ancestros son alemanes. En la época de Carlos III, algunas zonas de Andalucía se poblaron con germanos y, por razones endogámicas, ese origen se vino manteniendo hasta no hace mucho. De hecho, mi abuelo paterno se llamaba Folk Helst. Era un teniente de la Guardia Civil que no respondía al canon tradicional de la Benemérita, pues con metro ochenta y ojos azules… Se casó con una andaluza, en La Carlota (Córdoba). Ahora precisamente estoy dedicándome a investigar mi saga familiar y me estoy encontrando con historias sorprendentes.

“Mis padres emparentaron a personas
que habrían podido matarse en la Guerra Civil”

-¿Como cuáles?

-Pues como que mis abuelos tenían una relación espectacular… pese a haberse mantenido en bandos opuestos durante la Guerra Civil. Mi abuelo materno combatió con los republicanos mientras que mi abuelo paterno, aunque no combatió, se hallaba en el denominado bando “nacional”. Y sus respectivos hijos se enamoraron y propiciaron que fueran parientes personas que, durante el conflicto civil, habrían podido matarse… Y siempre mantuvieron una relación muy respetuosa.

-Pero eso no fue en Andalucía.

-No, ya en Cataluña. Mi abuelo paterno fue destinado como comandante de la Guardia Civil a Sant Quirze de Besora y mi familia materna era de La Farga de Bebié, una antigua colonia industrial en la que nací y que pertenecía al municipio de Montesquiu.

-¿Su padre trabajaba en la colonia?

-Él era albañil, pero cuando yo tenía un año decidió emigrar a Brasil, donde trabajó en algunas de las principales factorías automovilísticas y se convirtió en matricero. Volvimos en 1968, cuando yo tenía 9 años, y entró a trabajar en la Seat, si bien después se comprometió con el sindicato UGT y se convirtió en el presidente del comité de empresa y, posteriormente, en secretario general del Metal en España.

-¿Y seguían viviendo en La Farga de Bebié?

-No. Cuando volvimos de Brasil nos instalamos en Barcelona, en el barrio de Horta.

-¿Cómo nació su vocación por la actuación?

-Totalmente por accidente. Bien es cierto que, desde pequeño, me gustaba mucho el cine. Hacía campana en el colegio para asistir a aquellas sesiones continuas dobles, más el No-Do, que hacían en mi barrio, en el cine Dante o en el Venecia, que ahora ha sido convertido en una iglesia evangélica… Me entusiasmaba tanto el cine que, cuando acababa la segunda película, en ocasiones me quedaba a ver la primera de nuevo, con lo cual me tiraba en la sala cinco o seis horas.

-¿Y cuándo pasó de la platea al escenario?

-Resulta que mi hermano mayor hacía teatro en un grupo de aficionados. Y un día me dijo que uno de los componentes se había enfadado y había decidido dejarlos colgados el día de la función. Me dijo si podía echarles una mano, que lo que tenía que hacer era muy fácil… Y fue así como, con catorce años, subí al escenario para hacer de figurante, en una experiencia en la que sufrí mucho pero que, a la vez, la disfruté muchísimo. Tanto que decidí dar continuidad a esa actividad y me sumé a un grupo de teatro, incluso algo más ambicioso, que participaba en concursos amateur. En esa época obtuve un par de premios que, a pesar de su carácter aficionado, alimentaron mi pasión por ese mundo. Hasta el punto de, con quince años, llegar a casa y decirles a mis padres que quería dedicarme a la actuación.

“Para mis padres fue un drama
decirles que quería dedicarme a la actuación”

-¿Cómo se lo tomaron?

-Fue un drama, porque en aquella época dedicarse a la actuación era lo peor. La mentalidad seguía siendo similar a la de la Edad Media, cuando a los actores se les consideraba unos perversos y eran enterrados extramuros. Aun así, persistí en mi decisión y acabamos pactando que estudiaría para ello. Debo decir que, pese a todo, fueron dialogantes y que no pretendieron imponer su opinión.

-Confiaron, pues, en que estudiaría.

-Sí. Y eso que yo era un mal estudiante, porque si algo no me interesaba perdía absolutamente la concentración. Era un poco bala perdida, Ahora que soy padre de tres hijos pienso que, en realidad, yo debía ser un hijo un tanto difícil; un chico de espíritu rebelde. Pero, al mismo tiempo, esa rebeldía me llevaba a buscar no depender de mis padres. Y prueba de ello es que, ya a los catorce años, me puse a trabajar en una pastelería.

-¿Cómo fue eso?

-Pues tan fácil como ver que en la pastelería Balcells de mi barrio, que ahora ya no existe, había un cartel que anunciaba que buscaban un aprendiz. Ahí estuve cuatro años, primero como aprendiz y, posteriormente, trabajando en el obrador. Era un trabajo que me gustaba. Es un oficio bonito, nada monótono, muy interesante, aunque muy duro.

-Entiendo que lo compatibilizaba con los estudios.

-Así es. En 1976, con 17 años, entré en el Institut del Teatre y, ya en primer curso, empecé a tener algunos papeles gracias a Pep Montanyès y a Jordi Graells, que dirigían el Grup d’Estudis Teatrals d’Horta y que hacían obras de teatro independiente. Y al año siguiente me contrató la compañía de Núria Espert para “Fedra”, que dirigía Lluís Pasqual. De manera que puedo decir que me profesionalicé cuando todavía estudiaba segundo curso. Fue entonces cuando abandoné la pastelería.

-Un chico afortunado.

-Sin duda, porque era una época difícil. Por aquel entonces no había las 45 salas que hay ahora en Barcelona. Apenas había algunos teatros en el Paral·lel, con montajes que venían de Madrid. A lo sumo se le añadían el Capsa o el Romea, que empezaba con algunas producciones. También tuve la suerte de que me contactaron del circuito catalán de Televisión Española para intervenir en programas como “Terra d’Escudella”. Debo decir que nunca había pensado que podría ganarme la vida con esto hasta que ya me la ganaba. Fíjese que, cuando yo trabajaba en la pastelería, ganaba más que los actores del Teatre Lliure, que tenían dedicación exclusiva porque se pasaban el día ensayando la función nocturna. Ellos cobraban algo más de la mitad de lo que percibía yo…

-Y a partir de la experiencia en “Fedra” y de las producciones en Televisión Española ¿todo fue rodado?

-Fueron surgiendo nuevas oportunidades: algunas películas en Madrid, algún espectáculo en Valencia… Por otra parte, la Caixa impulsó un programa para llevar a cabo producciones modestas en las escuelas que suponían una buena ayuda. Bien es verdad que en aquella época no existía la misma competencia que ahora, pues no había tanta gente interesada por esta profesión.

-Pero algo verían en usted que llamaría la atención.

-Me resulta embarazoso hablar de ello, pero supongo que mi aspecto físico, mi modo de trabajar, el cantar medianamente bien.

“En esta profesión
no se le otorga suficiente importancia a la técnica vocal”

-¿Medianamente? No sea modesto.

-No es falsa modestia. Como aficionado, no canto mal. Pero en los musicales hay gente muy preparada. Yo estudié canto, pero no al mismo nivel, a pesar de que me interesó mucho. Fue con ocasión de entrar en contacto con Josep Maria Flotats, quien para poner en escena “Cyrano” montó una suerte de escuela de jóvenes actores. No se trataba solo de ensayar, sino que era una auténtica academia en la que aprendíamos todo tipo de técnicas. Y entre ellas estaba el canto, que nos impartía Margarita Sabartés. Me pareció tan interesante que, al término de “Cyrano” decidí seguir mejorando la técnica con ella. Me resultó de gran utilidad, sobre todo para la dicción. En esta profesión no se le otorga suficiente importancia a la técnica vocal y resulta imprescindible. Todo el mundo habla, pero me di cuenta que, en esta profesión, es necesario que el instrumento, la voz, esté preparado. Uno de los problemas, precisamente, de nuestras salas es que suelen requerir amplificación. Y esto es un problema acústico de las salas… pero también de los instrumentos. Falta formación, en técnica vocal. Y sería necesario que, como colectivo, nos concienciáramos de ello.

-¿Sigue existiendo ese déficit?

-No solo existe sino que creo que vamos a peor. Tenemos actores magníficos, pero, tal vez por una influencia televisiva, en la que se impone la moda del falso naturalismo, apenas se oye lo que dice un actor. Y en teatro esto resulta intolerable.

-Trabajar esa técnica le ayudaría a triunfar como doblador.

-La técnica del doblaje no tiene mucho que ver con la voz. Hay aspectos clave como la distancia con el micrófono. Se trata de tener la capacidad de mantener la distancia adecuada para hacer creíble lo que dices con lo que va apareciendo en la pantalla. Es algo que aprendes de manera instintiva y accesible a cualquier voz. Cualquier voz es apta para el doblaje, al igual que cualquier persona puede ser actor. Todos somos un personaje en nuestras vidas y podemos poner un personaje en escena. Como dicen en Francia, está el “acteur” y el “comédien”. El primero impone su personalidad y la introduce en el personaje, mientras que el segundo necesita del personaje para sumergirse en él y construirlo. Pero volviendo al tema del doblaje, puedo decirle que algunas voces que cualitativamente no son poderosas han triunfado por la profesionalidad de los dobladores.

“Doblé a Paul Newman, Humphrey Bogart,
Marlon Brando, Jack Nicholson…”

-Usted se la presta a Pierce Brosnan.

-Ahora es el único. Tuve el privilegio de que asistí al nacimiento de TV3 y que, en ese momento, no había nada doblado. De modo que me beneficié de la situación para doblar a todos los actores posibles: Paul Newman, Humphrey Bogart, Marlon Brando, Jack Nicholson… Esto no ha pasado en ninguna parte, porque para ser doblador normalmente tienes que ser coetáneo de los actores.

-¿Por qué abandonó esa faceta?

-Aprendí mucho de aquella etapa, pero llegó un momento en el que tenía mucho trabajo y en el que el doblaje estaba adoptando un camino que me hacía perder el interés por él. Me quedé con Pierce Brosnan, a quien tuve el placer de conocer una vez que vino a Barcelona. A través de un amigo, le trasladé mi intención de entrevistarme con él. Interrumpió su rodaje y compartimos una hora juntos en lo que resultó una experiencia muy interesante. Pierce es buena gente. Impresiona por su físico pero es una persona noble, que me trasladó su satisfacción por mi trabajo como doblador. A modo de confidencia, me anunció que acababan de comunicarle que no seguiría dando vida al agente 007, lo cual me afectaba también a mí… A él le afectaba más, claro está. Y, ciertamente, estaba descolocado.

-¿Dónde se encuentra más cómodo: en el cine, en el teatro, en televisión…?  

-Los actores nos debemos a la profesión y nos plegamos al trabajo que surge. Es cierto que el teatro, por lo que supone la construcción y el análisis del personaje, me atrae de manera especial. Pero el audiovisual también resulta interesante porque tienes que pensar cómo transmitir una idea sin tanta actuación como requiere el teatro, donde no existen tantos recursos técnicos y el actor tiene que recurrir a una mayor gestualización. Lo que me interesa, sobre todo, son los buenos proyectos, lo cual depende del texto, de la producción, de la dirección, del equipo de actores, del equipo técnico… y, en el caso del cine, de una buena distribución.

-¿Goza de buena salud el teatro?  

-Vive un buen momento, a pesar de los bajos presupuestos, ocasionados por la crisis, y por el IVA del 21% que aniquiló muchos proyectos. Bien es verdad que los momentos de dificultad activan la imaginación. Yo, que cuando viajo por el mundo suelo acudir a ver muchas producciones, me doy cuenta que no tenemos nada a envidiar del exterior; salvo algunas producciones espectaculares. Pero seguimos siendo víctimas de un déficit histórico que reside en el no haber sabido aprender a educar a la gente en el ocio de la cultura, a disfrutar del consumo cultural. Tenemos mejores infraestructuras culturales pero un déficit de base, pues no hemos sido capaces de generar un plan de estudios que provoque que los niños tengan acceso a la cultura, como ocurre en Inglaterra, donde los escolares estudian música y drama desde pequeños y acaban sabiendo tocar un instrumento y hacer teatro. Esto propicia el amor por la cultura y que el 60% de los habitantes de Londres vayan una vez al teatro cada dos meses. En Barcelona, ¡un 5% de la población va al teatro una vez al año!

“Solo es posible el cine subvencionado”

-Pobre estadística.

-Cuando aquí hablamos de una producción de éxito nos referimos a una producción que ven unas 80.000 personas. Para un área metropolitana de 3 millones de habitantes es muy pobre. Hay algo que no funciona. Lo mismo ocurre con el museo Picasso, que recibe dos millones de visitantes pero que apenas el 2% son locales. Todo esto repercute en la producción cultural, y en el cine todavía es peor, dado lo caras que resultan las producciones. Y, dado que a menudo apenas se logran unos pocos centenares de espectadores en las salas, finalmente solo es posible el cine subvencionado, con lo que existe muy poca capacidad para producir.

-Dígame que está más satisfecho de “El Llibertí”.

-Muy satisfecho. La obra es extraordinaria. Tiene la extraña capacidad de divertir y despertar un gran interés a la vez. Es una comedia hilarante en la que el autor conoce muy bien a Diderot y saber trazar un discurso filosófico muy interesante e incisivo que te lleva a cuestionar muchas cosas. Diderot tenía perfectamente superado el tema de la libertad y la igualdad de la mujer, que ésta era propietaria de su cuerpo. Lo dejó escrito de manera convencida en el siglo XVIII. Hoy en el siglo XXI todavía tenemos que hacer huelgas como la del 8 marzo para reivindicar estos postulados. Nosotros nos hemos sumado… Debo decir, también, que con Joan Lluís Bozzo nos hemos entendido muy bien y que, pese a que hemos tenido poco tiempo para ensayar, todo ha salido rodado. Con Àngels Gonyalons mantenemos una química muy especial y con el resto del equpo pese a que no nos conocíamos ha existido empatía desde el principio. No siempre se consigue esta armonía… Y la respuesta, tanto del público como de la crítica, han sido muy positivas.

-El poco tiempo libre que le dejará su profesión, ¿a qué lo dedica?

-Depende de la época, dispongo de más o de menos. Pero en general al deporte. Me gusta nadar, y voy a una piscina cubierta que tenemos en Alella, donde vivo; pero sobre todo me gusta ir en bicicleta. Empecé con una bicicleta de montaña aunque después me pasé a la de carretera. Suelo salir por las carreteras del Maresme y hago entre sesenta y cien kilómetros. Normalmente salgo solo, ya que mis horarios resultan difíciles de compatibilizar, aunque últimamente mi hija, de 21 años y que estudia Derecho, me pide que salgamos juntos.

-¿Solo tiene una hija?

-No, tengo dos hijos gemelos de 19, uno de los cuales estudia Publicidad y Relaciones Públicas y el otro, Ciencias de la Actividad Física y Deporte.

“Descubrí que si quieres comer bien
tienes que hacértelo tú”

-¿Cómo se le da la cocina?

-Muy bien. Cocino bien desde hace mucho tiempo. Aprendí algunas técnicas y, como me gusta comer bien, un día descubrí que si quieres disfrutar de ello tienes que hacértelo tú. Sobre todo me di cuenta cuando, durante algunos años, tenía que comer fuera muchas veces. Y esto resultaba caro y poco recomendable. Mi madre cocinaba muy bien, y algo debí absorber de ella. Recuerdo el capón de Navidad que preparaba, o los pies de cerdo con nabos y salsa.

-¿Qué plato se le da bien a usted?

-Hay varios. Me suelen felicitar por mis arroces, que preparo de distintas maneras. Pero también me gusta mucho cocinar en el horno, tanto carnes como pescados. O las cazuelitas, las sopas, las cremas…

-Sospecho que de su paso por la pastelería también le quedará alguna receta suculenta para los postres.

-Ocurre que soy intolerante a la leche y los huevos, por lo que rehúyo los pasteles. Por otra parte, ciertos olores de pastelería me resultan desagradables. No obstante, si en casa cocinan pasteles siempre suelo echarles una mano.

-¿Pero es usted quien cocina preferentemente en casa?

-En casa cocina todo el mundo. Me he preocupado que todos sean capaces de apañarse entre fogones, pero es cierto que, preferentemente, asumo yo esa faceta.

-¿Cómo conoció Casa Alfonso?

-Dado que he trabajado mucho en el teatro Borràs, con “Mentiders”, “Pel davant i pel darrere”, “Pels pèls”…, al finalizar las funciones o los ensayos veníamos a menudo para reponer fuerzas.

“Casa Alfonso conserva su carisma”

-¿Qué es lo que le atrae de Casa Alfonso?

-Que conserva el ambiente de lo clásico, algo que tienen pocos locales, porque la mayoría se han ido reformando y, en esos procesos, lejos de mejorar, han perdido identidad, han destruido su alma. Antes estaban el Núria, en Canaletes; o el Moka, frente al Poliorama; cafés maravillosos que perdieron su esencia. En cambio, Casa Alfonso conserva su carisma, al margen que se come de manera excelente y que todo resulta muy acogedor.

-¿Algo que recomendar a la hora de sentarse a la mesa?

-Sobre todo, la charcutería; toda ella de gran calidad.

-¿Cuándo acabe, a mediados de abril, qué proyectos tiene?

-Varios bolos, después vamos con “Jane Eyre” al Teatro Español de Madrid, en una producción con Ariadna Gil y dirigida por Carme Portaceli… Y, prácticamente hasta febrero o marzo del año que viene todo cubierto, salvo algunas fechas en las que podré hacer un poco de vacaciones.

-¿Cómo gusta de disfrutarlas?

-Pues tenemos un apartamento en Osseja, en la Cerdanya francesa; un pueblecito muy tranquilo que me permite relajarme, disfrutar de la bicicleta y, también, de las caminatas. Recientemente subí al Carlit.

-¿También esquía?

-Esquiaba, hasta que un día, en Pas de la Casa, fue atropellado literalmente por, sospecho, un snowboarder que ni tan solo se detuvo para disculparse. Me golpeó de tal modo que me partió las gafas y me dejó aturdido. Aquel día decidí que era preferible no arriesgar más, pues una lesión me puede apartar de la profesión. Coincidió, además, que mi hijo me dijo que no le iban bien las botas. Le pregunté qué número necesitaba y, al coincidir con las mías, colgué las botas en lo que se refiere al esquí. Hay algo que me gusta mucho más: navegar. Soy patrón.

-¿Tiene una barca?

-Algo mejor: tengo un amigo que me prohíbe que me compre alguna. Salimos a menudo juntos a navegar; en ocasiones durante una semana entera. Cuando salimos por la bocana, dejo todo lo malo en el puerto y en el horizonte emerge un aire nuevo, inspirador…

2018-04-05T07:11:35+00:00
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